Estuve hace dos semanas en el Congreso de los Diputados como invitado en unas jornadas sobre Tauromaquia que organiza la Asociación Taurina Parlamentaria, un grupo policromático de políticos unidos por una causa, un oxímoron en toda regla en 2026. Compartí cartel con perfiles de todo tipo: veterinarios, ingenieros, periodistas, historiadores, investigadores, presidentes de plaza de toros, filósofos y, por supuesto, políticos. Y volví a sacar la misma conclusión que sacó cuando escucho a hablar a casi todos los taurinos. Viven bajo un discurso que de nada ha servido para perpetuar la tauromaquia en la sociedad ni, desde luego, para hacer que goce de mayor aceptación.
Ya saben, eso de que los toros son algo único porque le gustan a Lorca, a Picasso y a Sabina. Parece que es el único argumento al que se acoge cualquiera que vive de los tópicos y que poco o nada sabe de la realidad y del impacto que los toros tienen en un país, España, que no sería lo que es sin ese animal y sin aquellos que han dedicado vidas y generaciones enteras a criarlo. Si realmente queremos una fiesta fuerte, a prueba de bombas, esto supone un mecanismo de ataque formidable. Lorca, Picasso o Sabina simplemente suponen una defensa para los pobres de espíritu y los acomplejados.
Pasa muchas veces en el ecosistema mediático español que recurrimos al New York Times, al Washington Post o a cualquier periódico extranjero de nombre rimbombante para ratificarnos en nuestras opiniones. “Es que han dicho en el Financial Times que Pedro Sánchez es muy guapo” como argumento para seguir vendiendo la moto cuanto tiempo haga falta. Esto lo vemos a diario. Y en el caso del mundo del toro, son muchos –demasiados-, los que buscan una figura famosa para tratar de justificar que el toreo es un arte o que merece la pena. Nada han leído unos del New York Times y nada saben otros de Lorca o de Picasso, pero qué más da. El caso es aparentar.
Y a ese tipo de perfiles me referí en el Congreso, muchos de ellos presentes en la mesa. Les llevé una tribuna que publicó en el diario El País hace unas semanas la profesora María Eugenia Rodríguez Palop, de la órbita de Podemos, Sumar y todo ese popurrí de extrema izquierda que agoniza por España. Hablaba de “recuperar el campo” y de “cómo la izquierda se ha centrado únicamente en las vulnerabilidades urbanas y no en fomentar la solidaridad entre todos los vulnerables”, mundo rural incluido. Decía que la gente del campo no es “ni atrasista ni de derechas”. Habría que escucharla, remataba, “para recuperar lo perdido”.
En el caso del entorno rural asociado directa o indirectamente al toro bravo, que es amplísimo en toda la península, ¿de qué manera íbamos a tratar de convencer a esa izquierda alternativa, que dogmatiza en contra de la tauromaquia pese a haber coqueteado con ella durante toda su historia, de que sin el mundo del toro no se puede entender ese entorno rural? Podemos emplear todo ese mantra de eslóganes de intelectuales taurinos de todo signo político y que “si el toro se prohíbe se extingue la especie”. Con eso llevamos ya mucho tiempo, “ni los papas ni los reyes han podido con nosotros”. Dijo su majestad Felipe VI esta semana, en relación con el descubrimiento del Nuevo Mundo en 1492 y los abusos españoles, que no debemos conocerlos o juzgarlos con “excesivo presentismo moral”. Y ahí llevan años anclados los taurinos del pasado, en un absurdo e ilógico por anticuado presentismo que en nada ayuda a revitalizar la fiesta. Más bien lo contrario, ha contribuido a deteriorarla.
Es el momento de ir más allá y de no vivir nuestra afición con un discurso defensivo. Hay que pasar al ataque y reivindicar la tauromaquia y el campo con hechos y con datos. Nos respalda la ciencia y nos avalan las evidencias. La mejor defensa, efectivamente, es un buen ataque. El año pasado, sin ir más lejos, se quemaron en España cerca de medio millón de hectáreas. Más del 90% del monte que se quemó era de titularidad pública. El Estado, presunto garante de los ecosistemas y enconado rival del cambio climático, es el culpable único de esos incendios. Ni 10.000 hectáreas privadas se quemaron en todo el país y, en el caso de las ganaderías bravas, algún fuego puntual, pero nada verdaderamente reseñable.
Fíjense, en España hay 500.000 hectáreas dedicadas a la cría del toro bravo. Es muy recurrente aquello de equiparar superficie quemada a campos de fútbol y decir que lo que se ha calcinado equivale a, por ejemplo, 25 bernabéus. Pues bien, el año pasado, lo que se quemó en España equivaldría a todas las fincas de toros que hay en el país. Imaginen que desaparecen absolutamente todas. Conocemos unas pocas, ¿verdad?
Y ¿saben por qué no se quemaron? Gracias a la gestión, que es la peor enemiga de ese señor bautizado como cambio climático, el Voldemort de los progres. La gestión privada de ganaderos y agricultores que, salvo excepciones o golpes de mala suerte, mantienen a raya al fuego casi en el 100% de las ocasiones. Cuando ellos desaparezcan, tal y como pretenden muchos representantes públicos que no ven ganaderos o agricultores sino peligrosos fascistas, desaparecerá el campo. Si se prohíben las corridas de toros no se extinguirá el toro bravo, se destruirá el campo y España dejará de ser España. Se convertirá en un infierno y el atentado ecológico, genético y biológico, amparado por esa clase política censora, será nuestro particular incendio de la biblioteca de Alejandría.
Otra de las grandes cartas rurales que juegan desde la administración es la de la España vaciada, que se ha convertido en política de Estado. Hasta la primera dama Begoña Gómez ha pillado subvenciones millonarias de esa ecologista de asfalto llamada Teresa Ribera, impulsora de la Transición Ecológica. Dijo en la mesa del Congreso José Luis García-Palacios, ganadero y presidente de Caja Rural del Sur, que “la ecología es a los ecologistas lo que la cartera a los carteristas”. Y en eso han convertido la España vaciada: un chollo monumental del que trincan todos menos los que la sufren.
Todos esos autodenominados ecologistas, luchadores contra el cambio climático y convencidos de devolver la vida a la España vaciada tienen una cosa en común: odian los toros con todas sus fuerzas. Y en la medida en que quieren acabar con las corridas, contribuyen a que el clima cambie a mayor velocidad, a que la despoblación se recrudezca y a que los incendios se multipliquen. Ellos y solo ellos son los responsables de una España peor. Y hay que llamarlos por su nombre y darles la batalla. Esa gente conoce un tipo de campo, ese al que vas un fin de semana para comer y beber, no siempre en ese orden, y a tomarte unas fotos con una vaca o con un campo de lavanda. Esa postal idílica con la puesta de sol y los girasoles de fondo. Pero eso no es el campo.
El campo es ponerse de barro hasta arriba y jugarse la vida en muchas ocasiones. Vuelvo al temporal de agua que hemos vivido en enero y febrero. Cientos de ganaderos, mayorales y vaqueros se han jugado la vida para que esa vaca pueda comer o para que su becerrito pueda dormir en seco. Y lo hacen por amor a los animales y por pura vocación. Ese es el verdadero campo, una de las esclavitudes más maravillosas que existen, pero esclavitud, al fin y al cabo.
Del trabajo, del esfuerzo y de la dedicación de esa gente depende que luego vaya el ecologista de turno a hacerse la fotito. Y de su trabajo, de su esfuerzo y de su dedicación depende que no haya incendios, o que si los hay sean menos graves; que haya especies en peligro de extinción que se están recuperando en las dehesas o que, por descontado, la España vaciada pueda recuperar atractivo y potencial económico. Esa gente, la del campo, hace que España sea España. Y a ellos hay que recurrir como elemento de ataque. A la gente de andar por casa y no al famoso de turno que, en los últimos años, se acerca a los toros por interés o para ir de gañote al callejón. Y que, además, transmite una imagen casposa del mundo del toro que nos hace un daño terrible.
Si los toros le gustan a Lorca, a Picasso o a Sabina es magnífico y es perfectamente entendible por su sensibilidad artística, pero a quien de verdad le gustan los toros es a todos esos mayorales, vaqueros, ganaderos y agricultores que están ahí todos los días. Ellos son nuestros mejores portavoces. Y a ellos, como reclamé delante de varios diputados que, presupongo, tienen algo de poder y de capacidad de acción, es a quien hay que darle los medios. Y los medios quiere decir el dinero. Si de verdad se quiere combatir la España vaciada, los incendios, el cambio climático y todas esas patrañas inventadas por paletos de ciudad, el dinero hay que dárselo al ganadero, al agricultor, al mayoral y al vaquero. Ellos atacan. El bombero defiende. Y cuanto mejor pueda atacar el campo, menos necesaria será la defensa de los bomberos. La prevención y la gestión son la única herramienta conocida para evitar catástrofes. El mundo del toro de eso sabe más que nadie.
Contamos ahora con el impulso de la juventud, que se está acercando en masa a las plazas porque la tauromaquia está de moda. Porque se respira libertad. Porque en los toros nos lo pasamos de puta madre. Dejamos nuestros problemas en la puerta de la plaza y cuando salimos, muchas veces ya no están ahí esperándonos. Porque están Roca Rey y Morante, el joven y el veterano. El impacto de Samuel Navalón en Valencia ha sido algo abrumador. La juventud quiere ídolos y no a mentirosos. Por eso ha encontrado la verdad en el mundo del toro. Hay que aprovechar este momento de aceptación social para pasar al ataque con los datos y con la ciencia. Lo contrario será perder otra oportunidad para blindarnos. Lo contrario, por tanto, son los taurinos que por desgracia siguen copando los puestos de poder y de influencia.


