LA REVOLERA | El muro invisible del “conmigo o contra mí”

Artículo de opinión de Ángel Calamardo

A las preocupaciones de siempre, a los problemas de siempre y a las inquietudes de siempre, se les suman ahora las consecuencias de una guerra impredecible. Pasan los días, pasan las horas y, con toda probabilidad, pronto pasarán también las semanas sin que se adopten medidas que alivien –así prefieren llamarlo ahora– el déficit de trabajadores, de empresarios y, sobre todo, de unas economías familiares cada vez más exhaustas mientras la cesta de la compra continúa su escalada.

Mientras tanto, desde tribunas, mítines y platós se repite el mismo repertorio de frases tranquilizadoras: “no vamos a dejar solo a nadie”, “estamos elaborando un plan”, “hay que limitar los precios”, “hace falta un escudo social” …Un catálogo de buenas intenciones que, a estas alturas, ya forma parte de paisaje sonoro habitual. Y que, como ocurre con ciertas canciones demasiado escuchadas, todos reconocemos el primer compás, aunque luego nadie recuerde exactamente en qué quedaron.  

Vamos a ver si finalmente llega el plan y todo lo que se promete. Aunque, a estas alturas, conviene no hacerse demasiadas ilusiones: los planes suelen llegar tarde, recortados o convenientemente rebautizados. Y, cuando eso ocurre, nunca falta el recurso habitual de señalar a la derecha o a la extrema derecha como responsables universales, coletilla ya casi obligatoria en buena parte del torrente de declaraciones.

Todo ello, además, sin entrar demasiado en profundidades ni detenerse a pensar en la fragilidad de una Europa que ahora descubrimos –con cierta sorpresa impostada– que no está preparada para defenderse con garantías.

Tampoco ayuda a comprobar que sus dirigentes ni siquiera parecen avanzar en la misma dirección, a juzgar por la disparidad de discursos que se suceden a diario. Más que una estrategia común, lo que se percibe es una cierta improvisación colectiva: mucha comparecencia, mucho titular y bastante menos claridad sobre cómo afrontar una situación que dista mucho de ser sencilla.

En cualquier caso, el problema no puede ser nunca lo que los ciudadanos voten democráticamente en las urnas. Los resultados están para respetarlos, asumirlos y, si hace falta, digerirlos con deportividad. Lo que resulta menos edificante es ese viejo deporte de culpar al empedrado cuando las cosas no salen como algunos esperaban.

Albacete debe de ir muy bien. Si los grandes problemas de la ciudad se reducen a una gotera –o varias– en el Palacio de Congresos, a un desconchado en algún edificio público o a tres vehículos para la Policía Local que no llegan en el plazo previsto, entonces es razonable pensar que todo lo demás marcha sobre ruedas. No me cabe duda: Albacete va bien.

Peccata minuta si se compara con las verdaderas preocupaciones de muchos ciudadanos: la dificultad creciente para acceder a una vivienda o el dineral que cuesta llenar el depósito del coche para poder seguir trabajando. Y eso sin hablar de lo que ocurre cada día cuando alguien entra en un supermercado o en la tienda del barrio y empieza a hacer cuentas –a veces auténticos malabares– para comprar lo imprescindible.

En ese contexto, comprenderán que las goteras que quizá otros no solucionaron en su momento importen bastante poco a quién está preocupado por llegar a fin de mes, sean quienes sean los responsables directos. No entro en ese debate, aunque material habría.

Tampoco considero pertinente lo que se está diciendo sobre el asunto de las viviendas que acaban de entregarse, quizá aderezado con alguna –o varias–instantáneas servidas intencionadamente para alimentar el enredo. Desde luego, el tono de “déjese de tonterías” dirigido al alcalde por una concejala de la oposición, se me antoja fuera de lugar por impropio de quienes deben moderar la terminología; mejor dicho, los términos empleados. No quiero decir con ello que no quepa la crítica, pero me temo que el portavoz socialista quizás no haya profundizado en el asunto y se haya dejado llevar. Veremos el siguiente capitulo.

Por cierto, el alcalde –ni el de Albacete, ni el de Burgos– es un “primer edil”. Edil es sinónimo de concejal y en ningún caso de alcalde. Pero bueno, si se empeñan, quizá acabe instaurado, como ocurrió con el “todos y todas”.

Ahora que se habla tanto del odio, se señala con frecuencia a las redes sociales y a los medios de comunicación. En las redes abundan los troles, y seguramente muchos de ellos actúan bajo la órbita –o al menos la influencia– de partidos políticos. En cuanto a los medios, pensando en aquellos a través de los cuales se informa la inmensa mayoría de la gente, aquí mismo en Albacete, no percibo ese odio por ninguna parte. Podrás confiar más o menos, en unos u otros, podrá gustarte uno más que otro, pero entre la media docena larga que todos conocemos no veo a ninguno que se dedique a generarlo

Si percibo, en cambio, ese tono de quienes polarizan, en quienes dividen, en quienes han levantado un muro entre buenos y malos, entre derechas e izquierdas. Esos son, a mi juicio, los verdaderos responsables: quienes reducen todo a un “estás conmigo o estás contra mí”, cuando la realidad –como siempre– es bastante más compleja.

Aquí hay mucha gente que no está instalada en la mamandurria ni pendiente del reparto discrecional de subvenciones; gente a la que la izquierda, la derecha o sus extremos le traen sin cuidado, porque lo único que desea es vivir tranquila. Por tanto, cuando se hable de odio, convendría aclarar muy bien quién lo genera y explicar también quién acepta de verdad las reglas de la democracia y quién se limita a invocarlas de palabra. Seguramente más de uno se llevaría una sorpresa.

Si lo que se pretende es insinuar que los medios situados más a la derecha son los malos y los de la izquierda los buenos –o al revés–, empezamos mal. Tal vez, como simple nota al margen, habría que publicar también de dónde proceden fundamentalmente sus ingresos. Solo con eso, probablemente, se aclararían algunas dudas.

A lo mejor en algunas críticas inoportunas, indocumentadas, falseando realidades, mintiendo, en las redes sociales –incluidas la de los algunos partidos– se genera más odio que en ningún otro sitio. Sinceramente, en los medios de siempre, no veo odio, puedo ver otra cosa, en algunos casos, pero odio nunca. Aclárense, entonces.

Al día siguiente de anunciarse un medidor de odio, la portavoz del PSOE en la Asamblea de Madrid le dedicó a la presidenta Ayuso: “Ridícula, mala persona, desalmada, váyase a chupar botas”. Habrá que estrenarlo pronto. Material, desde luego, no falta.

El otro día, el periodista Jesús Maraña que hace poco estuvo en Albacete, escribió en X: “Ojo a esto: El acercamiento entre PRISA y ATRESMEDIA levanta suspicacias en el sector de la comunicación español. (Todos los indicios de un movimiento que puede alterar el mapa mediático)”.

Manuel Mirat que ha sido consejero delegado en PRISA y ahora lo es de VOCENTO ha dicho que: “Es inevitable un proceso de fusiones en los medios”.

Quizá Mirat tenga menos miedo a ese tipo de fusiones que Maraña. Tampoco pasaría nada, creo yo. ¿Acaso no se fusionan los bancos –o al menos lo intentan– para ser más fuertes? Tal vez, cuando se habla de medios, lo que algunos desean es que todo permanezca como está, para que no desaparezcan ni los de la izquierda ni los de la derecha mediática. Pero ¿no queremos medios solventes, que ganen dinero, independientes y capaces de contar las verdades del barquero?

Pues entonces, manos a la obra. Los intereses pesan, muchas veces, más que el sentido más puro de la información. Quizá en futuras fusiones –si es que llegan a producirse– los candidatos del PP de las tres últimas elecciones decidan sentarse en las entrevistas de campaña que les ofreció la SER. De momento, ni Guardiola, ni Azcón, ni Mañueco han aceptado la invitación. No parece un descuido. Porque en esa misma cadena si aparece con cierta frecuencia Carlos Velázquez, del PP y alcalde de Toledo, por ejemplo. En política –y también en los medios– las presencias se calculan y las ausencias se deciden. Nada suele ser casual. Resumiendo: nadie aparece por casualidad y nadie falta sin motivo.

Acuso recibo de un encuentro que mantuve días pasados en el Restaurante El Callejón con un grupo de personas que mantienen el gusto por mantener viva la llama de El Quijote. En este caso –permítanme llamarlo así– podría ser la pequeña peña quijotesca que, de cuando en cuando, se reúne alrededor de una mesa. Allí saludé y charlé con sus integrantes, en esta ocasión: los doctores Julio Carbayo (médico militar); Jesús Millán Núñez-Cortés (catedrático e internista) el abogado José Miguel Martínez Saus; Tomás García Fernández de Sevilla, lo recordarán como el doctor Sevilla en el Hospital General; Juana Fajardo; Isabel Gotor, Yolanda Molina; Roberto Sánchez; Paqui Martínez y Carmen Ibáñez, entre otras personas. El invitado estelar, el encargado de pronunciar un breve discurso fue el exrector de la Universidad de Castilla-La Mancha, Luis Arroyo. Habló de la obra más importante de Cervantes y lo resumo en un titular que él mismo pronunció: “El Quijote es emblema de nuestro mundo”. Me alegró reencontrarme con Luis, a quien conocí en otra etapa. Hubo tiempo incluso para hablar de toros y de Morante de la Puebla, porque en las buenas tertulias las conversaciones siempre encuentran veredas inesperadas. Arroyo conserva intacta su agudeza intelectual y escucharlo sigue siendo, sin exageración, un pequeño lujo. 

Disfruten del domingo, si es posible.

Ángel Calamardo

X: @AFCalamardo

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