Se fue a criar langostinos desde Albacete a Perú y su vida cambió para siempre

La curiosa historia del albaceteño Israel Borrell

Lo que empezó como un cambio de aires acabó convertido en una vida entera al otro lado del Atlántico. El albaceteño Israel Borrell salió de Albacete en 1996, con apenas 21 años, rumbo al norte de Perú para incorporarse a un trabajo vinculado al cultivo de langostinos. Aquel desplazamiento, que en principio iba a durar unos meses, terminó marcando su destino: tres décadas después, sigue asentado en la costa peruana, donde ha echado raíces y ha construido su propio proyecto de vida.

La historia de Borrell arranca a casi 10.000 kilómetros de su ciudad natal, en la zona de Máncora, próxima a la frontera con Ecuador. Allí se instaló junto a su padre, que ya residía en Perú, y comenzó a trabajar en una actividad que, según él mismo relata, exigía dedicación total. El cultivo del langostino fue el punto de inflexión. Ese sector, duro y absorbente, fue también el que terminó reteniéndolo en el país andino mucho más tiempo del que había imaginado.

Dejó su trabajo en un taller de Albacete

Antes de dar ese paso, trabajaba en un taller de Albacete. La salida a Perú surgió entonces como una oportunidad para romper con la rutina y probar una experiencia distinta. Sin embargo, la intensidad del trabajo en las explotaciones acuícolas y el ritmo de vida que encontró allí transformaron una estancia temporal en un cambio definitivo. Borrell asegura que aquel oficio le atrapó desde el principio y que, a partir de esa etapa, su trayectoria personal y profesional tomó un rumbo completamente nuevo.

Con el paso de los años, esa primera experiencia ligada a la cría de langostinos le permitió consolidarse económicamente y abrir una nueva etapa. Hoy dirige un pequeño hotel rústico a pie de playa en el norte de Perú, en un entorno turístico conocido por el surf, el avistamiento de ballenas y las temperaturas cálidas durante buena parte del año. Pero el origen de esa vida actual sigue estando, según se desprende de su relato, en aquellos años de trabajo en el sector langostinero.

La adaptación no fue inmediata. Llegó a Perú siendo muy joven y el cambio fue profundo, tanto por la distancia como por el contraste climático y cultural. Si ahora admite que sufre el frío cuando vuelve a Albacete, en los primeros tiempos le ocurrió justo lo contrario: le costó acostumbrarse al calor constante y a la ausencia de estaciones marcadas. También echaba de menos hábitos cotidianos de su vida en España, como el uso de ropa de invierno o el ritmo más reconocible del calendario estacional.

No pierde su vínculo con Albacete

Pese a todo, terminó haciendo suyo ese nuevo escenario. Borrell sostiene que en Perú encontró una forma de vida distinta, más intensa y más ligada a una sensación de libertad personal. Aunque mantiene su vínculo con Albacete y regresa para reencontrarse con su familia y sus costumbres, asegura que, por ahora, no se plantea volver a España de forma definitiva.

Su historia no se limita al trabajo ni a la hostelería. Años después de instalarse en Perú, también cumplió uno de sus grandes sueños vinculados al mundo del motor y llegó a participar en el Rally Dakar, convirtiéndose en el primer albaceteño en hacerlo. Sin embargo, incluso ese capítulo deportivo queda en segundo plano frente al giro decisivo que cambió su vida mucho antes: el momento en que dejó su ciudad para dedicarse a la cría de langostinos en la costa peruana.

Treinta años después, Israel Borrell sigue siendo, en esencia, aquel joven albaceteño que cruzó el océano para trabajar en una piscifactoría y acabó encontrando un hogar. Entre Albacete y Máncora media una enorme distancia geográfica, pero su historia demuestra que, a veces, un empleo inesperado puede convertirse en el punto de partida de toda una vida.

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