(( El camino no miente, Campos de Castilla para siempre, errante en el tiempo, no sé si voy o vengo, si huyo, si regreso… ))
Curioso el sentimiento de orfandad, que lo puede ser de cualquier cosa al notar que te falta, que puede aparecer aunque eches de menos algo que nunca has tenido. A mí, que se me mueren los abuelos en su estricto orden de antigüedad y todos de viejo, y que aún conservo a la materna, me falta algo desde ayer.
Ha muerto Raúl del Pozo. Paisano de tierra y de oficio, y, sin saberlo, cicerón de la carrera profesional que empecé a construir en octubre de 2004 en ese mamotreto brutalista que es la Facultad de la UCM, donde algún iluminado coló el ‘Ciencias de la Información’ en unos estudios que siempre debieron serlo de Periodismo y punto, por mucha ciencia que esta disciplina destile en algunos casos.
Fue el profesor Jesús Flores quien, en su ansia de hacer ver a los incipientes periodistas del nuevo siglo que la artesanía de la profesión tenía que rendir honor al pasado para afrontar un futuro que por aquel entonces empezaba a ser digital, quien nos planteó en los primeros compases del año analizar el discurso de Raúl del Pozo dictó al aceptar el Premio de Periodismo Francisco Cerecedo allá por abril del 89.
El paso del tiempo, que acumula en mi memoria ya 22 años desde aquél torpe comentario de texto, aún me permite recordar cómo el Raúl del Pozo de apenas 53 años parafraseaba de manera crítica a Karl Marx: «La prensa diaria y el telégrafo fabrican en un día más mitos de los que se construían antes en un siglo, y el rebaño de burgueses se lo cree».
Hacía el periodista un alegato de la libertad a la hora de prestar servicio con la pluma desde el otro lado de la imprenta, una libertad sin la que «un periodista no puede resollar», y me preguntó si ayer marchó con la certeza de que aún quedamos unos cuantos compañeros aferrados a esa idea o sí, por el contrario, la batalla está ya perdida.
Pasaron entonces los años y pude transitar el camino que separa la categoría de alumno con pretensiones de la condición de periodista en ejercicio. En ese periplo, encontré en las tribunas que Raúl dejó firmadas en El Mundo buena parte de la vocación por practicar la profesión más bonita, suficiente para paliar el amargor de ejercer el peor de los trabajos que uno se pueda imaginar.
Y no fue hasta 2015 cuando pude, por primera vez, compartir espacio con Raúl en la Cuenca en la que nacimos. Era ya el mes de junio cuando acudió al salón de actos de la Fundación CCM a recoger el Premio Glauka que entregaba la Asociación de Amigos de la Lectura. Fue ese el día en el que hice mío el mantra que me acompaña, desde entonces y hasta esta firma. «Una columna es una novela de 400 palabras».
Y es por eso que, pese a la apretura a la que obliga el plazo para esta entrega semana, no podía sino cambiar la marcha para brindarle este espacio al maestro. Ahora solo me queda esperar que mi ciudad, la suya, esté a la altura del homenaje que se merece.

