Querido paisano:
Te escribo desde la cima de la Motila del Acequión, a la espera de que se retomen los trabajos de rehabilitación del yacimiento a la mayor brevedad posible. Hoy me pillas con el paraguas en la mano y el cuello del chubasquero bien cerrado, que tampoco es cuestión de resfriarse, y menos ahora que las tascas del paseo de la Feria están poniéndose a punto para abrir la temporada de caracoles, que es el mejor aviso de que la llegada de la primavera a la ciudad está a la vuelta de la esquina.
No sé si te habrás enterado de que el portavoz del Grupo Municipal Socialista solicitó públicamente, antes de que comenzara el pleno del mes de febrero, que sería deseable que los grupos políticos, y por extensión sus concejales y concejalas, caminaran por la senda del respeto institucional, político y personal, dejando aparcadas a las puertas del salón de plenos la crispación, el insulto y la descalificación. Me parece encomiable que alguien alce la voz para pedir que la cordura y la razón estén presentes en las intervenciones de los munícipes, con nuestro apreciado alcalde a la cabeza, a fin de cuentas se supone que lo que allí se discute sirve para mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía, y para ese trabajo lo único que hay que esgrimir son propuestas, los dicterios no pintan nada.
Estoy convencido de que habrá quien piense, y estará en su derecho de hacerlo si la miopía política le impide ver más allá, que pregonar la rebaja de la agresividad verbal está pasado de moda, y que se trata poco menos que de una anticuada práctica condenada al fracaso de antemano, a tenor de lo que desgraciadamente nos estamos malacostumbrado a leer en las redes sociales, que hay días en los que eso de ser de canales de comunicación queda para mejor ocasión, dado que el ruido, el insulto, la ofensa, los improperios y toda la lista de sinónimos que puedas encontrar, opaca todo lo demás. Por no hablar de los convulsos tiempos que nos están tocando vivir, donde el exacerbado ego del dirigente de allende los mares, la avaricia incontrolada del zar y las ansias de grandeza del Conquistador jerosolimitano, nos están sacando de quicio y poniendo de los nervios de punta. El destino de la sufrida ciudadanía del país sobre el que deciden descargar su ira en forma de bombas de última generación de nombres impronunciables, les importa un bledo, que diría Rhett Butler.
Pero volviendo a lo local, que lo de la guerra merece una reflexión más pausada, recordarás que, según el refranero español “dos no riñen si uno no quiere”, y parece que desde las filas socialistas no se aboga por la disputa descarnada, lo que no es óbice para que traten de defender hasta el infinito y más allá sus propias ideas, postulados y propuestas, que una cosa no quita la otra. Y aquí es donde entra de lleno la figura del árbitro, que para el caso que nos ocupa no es otro que nuestro distinguido alcalde, a quien nadie le puede negar su derecho a cerrar los debates, que para eso dirige el cotarro, porta el bastón de mando y tiene al alcance de la mano el botón que silencia los micrófonos de los demás, que no es moco de pavo, pero si criticar la utilización de forma torticera de ese privilegio, cuando se hace con el ánimo de sentenciar y silenciar a las bravas al oponente, usando el pulgar a su antojo emulando a los césares romanos, obviamente en sentido figurado. No seas mal pensado.
En mi modesta opinión, una cosa es conducir el desarrollo del pleno, quiero pensar que con criterio y equidad, utilizando las prerrogativas que otorga el cargo para serenar el debate, apaciguar los ánimos y tranquilizar al personal, y otra muy diferente hacerse el don Tancredo y no afear a quienes usan la descalificación y el baldón como línea argumental, y ejemplos como las meigas, haberlas, haylas. Hace un par de plenos tuvimos varios ejemplos nada edificantes de esta execrable forma de hacer política.
Por no decir que hace tiempo que debería haber aconsejado a quienes, desde la comodidad de los privilegios generosamente asignados le garantizan la mayoría absoluta, es decir al dúo de los no adscritos, que se abstengan de lucir símbolos predemocráticos y anticonstitucionales en el salón de plenos municipal, que para esas cosas suyas ya están las reuniones de los nostálgicos de otros tiempos, que mejor no volver a vivir, o sufrir.
Andaba yo entre estas reflexiones y los consejos que nadie me ha pedido, y casi se me pasa comentarte que la Film Symphony Orchestra ha suspendido por segundo año consecutivo la actuación prevista en el Palacio de Congresos, por los daños irreversibles que ya observan a simple vista en sus instalaciones. Una pena. Y lo malo del asunto es que a fecha de hoy no existe fecha prevista, no ya para su repaertura al público, sino para la licitación de las obras de rehabilitación del mismo, que al ritmo que lleva el deterioro, seguro que mientras estamos hablando de lo nuestro, el presupuesto se habrá incrementado en un buen puñado de euros. Y es que hay ocasiones, como esta, en las que el pasotismo cuesta una pasta.
Además, llueve sobre mojado. Porque seguro que recuerdas que los gobernantes populares actuaron de idéntica factura en la obra de los depósitos de agua de la Fiesta del Árbol, que si hoy lucen lustrosos y en uso, lo es gracias a un cambio en el gobierno municipal. Los problemas no se resuelven solos, y echar mano del comodín de la herencia recibida para justificar la falta de acción y decisión, no parece la mejor decisión.
Si no te gusta lo que ves, ya sabes lo que toca cuando toque.
PD. Aprender a conjugar los verbos ser, estar y saber es un reto importante. Ser se es por el mero hecho de nacer, lo difícil es saber estar.
Antonio Martínez

