El Albacete Balompié ha entrado en un tramo delicado justo después del cierre del mercado invernal. Desde que bajó la persiana de enero, los de Carlos Belmonte únicamente han sumado un punto de los últimos nueve: derrota en Riazor ante el Deportivo (2-1), empate en casa frente al Sporting (1-1) y nueva caída este domingo en La Rosaleda ante el Málaga (1-0).
Más allá del marcador, el preocupante mensaje que deja la secuencia es la sensación de equipo que compite a ráfagas, sin continuidad y, sobre todo, sin ese “rendimiento inmediato” que se necesitaba del mercado de invierno. En La Coruña, el Alba se agarró a la reacción y se quedó a un paso del empate; el Deportivo, sin embargo, supo sobrevivir al arreón final. En el Carlos Belmonte, el 1-1 ante el Sporting se sostuvo más por detalles que por una actuación convincente, y el propio relato de la semana dejó un runrún evidente en el entorno. En Málaga, el plan resistió durante un tramo, pero un gol de Joaquín desniveló un partido que terminó con el Alba otra vez sin premio.
Dos pérdidas de peso en el Albacete y un invierno de apuestas
El debate se ha instalado con fuerza en el mercado de Toché, y no tanto por el número de movimientos como por su naturaleza. El Albacete salió del invierno con dos bajas de impacto: Riki Rodríguez, rumbo precisamente al Deportivo, y Jon Morcillo, camino del Almería. Ambas operaciones se explicaron en clave contractual y económica —eran futbolistas con vínculo cercano a expirar—, pero el efecto deportivo se está notando.
La reconstrucción, en cambio, se ha apoyado en perfiles discutidos por una parte de la afición. La plantilla incorporó, entre otros, a Lluís López, que regresó desde China con falta de ritmo competitivo, y a Samu Obeng, delantero cuyo principal aval no es precisamente una producción goleadora sostenida. A ellos se suma Martín Fernández, una incógnita llegada desde Uruguay tras meses sin competir, y el desembarco de dos jóvenes con proyección, Álex Rubio y Víctor San Bartolomé, que han entrado pronto en dinámica pero a quienes el contexto no permite exigir que “tiren del carro” desde el primer día.
En el fondo, la crítica no se centra en que haya talento joven o apuestas de futuro —eso forma parte del mercado de cualquier club—, sino en la idea de que el Albacete necesitaba otra cosa: realidades para el presente, futbolistas con impacto inmediato para sostener un objetivo de tranquilidad clasificatoria (o algo más) en una categoría implacable.
Toché, entre el discurso y el termómetro del césped
La lupa cae sobre Toché porque el propio club elevó la expectativa de mejora. El director deportivo defendió tras el cierre que, “a día de hoy”, el Albacete tenía “mejor equipo que en diciembre” y que el grupo aún tenía “mucho que decir”. Incluso, llegó a afirmar que había plantilla suficiente para pelear el ‘playoff’.
El problema para su argumentario es que el fútbol, cuando aprieta, es cruel: desde el mercado, el Alba ha pasado a caminar sobre una línea más fina y el equipo no ha encontrado la continuidad de resultados que apuntale ese relato. Y así, en cuestión de días, el discurso de “cotas altas” se ha chocado con un parcial de 1/9 que ha encendido el debate sobre si el invierno ha debilitado más de lo que ha reforzado.
No ayuda, además, que en la calle se haya instalado una etiqueta con ironía: en Albacete se ha hablado de “Moneyball” alrededor de la dirección deportiva, entre publicaciones y comentarios que han terminado por volverse contra el propio enfoque del mercado. Y es que, ni Toché se ha gastado el ‘money’ quizá como debía y, de momento, no entra la ‘ball’.
Con el balón dictando sentencia cada fin de semana, el Albacete entra ahora en una fase en la que el margen de error se reduce y la paciencia se gasta deprisa. El equipo tiene tiempo para corregir el rumbo, pero el debate ya está encima de la mesa: se vendió rendimiento inmediato y han llegado, sobre todo, promesas. Y cuando los resultados no acompañan, el foco —inevitablemente— apunta al despacho.

