Roberto Hernández tiene 29 años y una batalla diaria que casi nadie ve. Vive en Albacete, depende económicamente de su madre y lleva más de una década conviviendo con la agorafobia, un trastorno que, según explica, va mucho más allá del «miedo a los espacios abiertos».
«Si lo buscas en internet parece que es miedo a la calle, pero es muchísimo más complicado», cuenta. En su caso, no se trata de temor a la gente o al ruido. «Yo salgo como cualquier persona, pero a lo mejor llego a la esquina de mi casa y mi cuerpo reacciona como si hubiera un león delante. Empieza el entumecimiento, el temblor en las piernas, se me duermen las manos y la cara… y siento un terror que no controlo», señala.
Describe la sensación como si se pusiera «unas gafas de realidad virtual» y observara su vida desde fuera. «Estoy viendo lo que pasa, pero no lo controlo», dice.
Una zona segura llamada casa
Roberto comenzó a sufrir ataques de ansiedad con apenas ocho o nueve años. La agorafobia llegó más tarde, en el instituto. Un ataque fuerte en clase marcó un antes y un después. Primero le costaba permanecer en el aula, después entrar en el edificio y, finalmente, salir de casa.
«Fue progresivo. Un día el orientador me dijo que si me daba ansiedad bajara a su despacho y respirábamos juntos. Lo intenté, pero cuando volví a tener ansiedad él no estaba. Y a partir de ahí no volví», indica.
Hoy, su casa es su «zona segura». «Es como si dentro no pudiera pasarme nada y fuera sí. Soy muy hipocondríaco. Pienso que me puede dar algo en la calle y no llegar a casa», subraya.
Puede salir, pero siempre acompañado y casi siempre en coche. Las distancias son cortas. Las recaídas, frecuentes. Hace unas semanas intentó llegar con unos amigos hasta un centro comercial. Logró conducir hasta el aparcamiento, pero cuando parecía que la ansiedad remitía, llegó el pánico. «Arranqué el coche y me volví a casa saltándome semáforos. Llamé al 112 porque pensaba que me moría. Es terror. Terror real», cuenta.
Vivir con un trastorno invisible
Roberto tiene reconocido un 34 % de discapacidad, pero asegura que la incomprensión sigue siendo una constante. «Si te rompes un brazo, la radiografía lo demuestra. Con esto no se ve nada. Te dicen: ‘sal y se te pasa’, pero no es así», destaca.
Depende de su madre, trabajadora en hostelería, que le acompaña a terapia y cubre sus gastos. Su padre, explica, no entiende la situación. «Piensa que trabajando se me quitaría la tontería».
Ha intentado trabajar en sus mejores rachas, pero las recaídas son rápidas. También ha probado diferentes tratamientos. Actualmente toma antidepresivos y ansiolíticos tras haber dejado la medicación el año pasado y sufrir un nuevo encierro en casa. «La ansiedad la conozco y la manejo. Lo que no puedo controlar es el pánico físico», dice.
Ni siquiera cuestiones básicas resultan sencillas. Tiene varias piezas dentales dañadas y reconoce que no puede acudir al dentista. «¿Sabes lo que es tener una infección y no poder ir? Es desesperante», resalta.
El sueño de estudiar
A pesar de no haber podido terminar la ESO en su momento, Roberto nunca abandonó la idea de formarse. Se preparó las pruebas de acceso para mayores de 25 años y aprobó. Comenzó en la UNED, pero la metodología no le convencía.
Decidió entonces matricularse en una universidad presencial, confiando en que podría seguir las clases de forma telemática, como ocurrió durante la pandemia. Desde el servicio de atención a estudiantes con discapacidad -subraya- recibió un trato «magnífico». Sin embargo, asegura que finalmente le indicaron «que buscara otra alternativa a distancia».
«Yo solo quiero que se visibilice la agorafobia y que se hagan adaptaciones. Igual que se pone una rampa, ¿por qué no se puede buscar una solución para esto?», se pregunta.
El duelo y la recaída
Uno de sus mayores apoyos fue su perro, enfermo de leishmaniosis. «Era el que me obligaba a salir. Tenía que pasearlo y eso me empujaba», recuerda. Tras su fallecimiento, sufrió una recaída importante y teme estar entrando en una depresión. «No puedo hundirme, pero es muy difícil cuando no puedes refugiarte en actividades fuera de casa», explica.
Aun así, se aferra a lo que sí tiene. Amigos que le llaman, que le visitan, que no le juzgan. «Saber que hay alguien al otro lado del teléfono que me trata normal lo es todo», dice.
«Que sepan que no están solos»
Roberto no pretende dar lecciones porque sigue luchando, pero sí quiere lanzar un mensaje: «Que la gente que esté pasando por lo mismo sepa que no está sola. Que existimos. Que no es vaguería ni falta de ganas».
A punto de cumplir 30 años, su mayor miedo no es la calle, sino que la vida pase sin poder vivirla. «¿Tú te piensas que me gusta estar así? Hoy se ha muerto un chico de mi edad de cáncer. ¿Quién me dice que no me va a pasar algo y me voy a morir sin haber disfrutado nada?».
La agorafobia es una enfermedad mental reconocida, pero todavía desconocida para muchos. Historias como la de Roberto ponen rostro a un trastorno invisible que, como él mismo resume, no se cura con fuerza de voluntad.

