La periodista y escritora María José Fuenteálamo, que adoptó como apellido literario el nombre del municipio de Albacete en el que nació, debuta en el ensayo con La hija del carnicero (Círculo de Tiza, 2026). En esta obra toma como eje narrativo la carnicería familiar para reflexionar sobre la ruralidad, el papel de la mujer, el consumo de carne, la relación ética con los animales y el impacto de las grandes superficies en el pequeño comercio. En la obra también se trata lo que la autora vivió en su época de estudiante en Bélgica, donde se topó con un discurso político muy fuerte en contra del consumo de la carne» con mensajes que, a juicio de esta periodista y escritora natural de Albacete, son premisas que «hacen mucho daño a ganaderos y carniceros, sobre todo a los pequeños» y en ningún caso a las grandes industrias.
En una entrevista, realizada en la biblioteca de Fuenteálamo (Albacete), a escasos metros de la histórica Carnicería Antón —referente durante décadas en la comarca y propiedad de su familia—, la autora explica que el libro se abre con un retrato de su padre y su vínculo con los animales. Subraya el respeto y el cuidado que, asegura, marcaron todo el proceso, desde la cría hasta el sacrificio destinado a abastecer el mostrador.
María José cuestiona la connotación peyorativa asociada al término “carnicero”, que atribuye a una percepción errónea de la profesión. “El carnicero es quien está más cerca del animal, y eso lo viví desde pequeña”, sostiene. A su juicio, el ejercicio responsable del oficio parte de una premisa esencial: “querer y cuidar a los animales”. Por ello, reivindica el término como motivo de orgullo.
En el desarrollo del ensayo, la autora recurre a fuentes históricas y filosóficas, entre ellas el pensamiento de Plutarco, quien ya en la Antigüedad abordó el debate sobre el consumo de carne. Considera que la discusión contemporánea en torno a este asunto responde a una tensión permanente: “Probablemente no termine nunca porque forma parte de nuestra propia esencia”.
Tras revisar estudios críticos con la ingesta de carne, señala que muchos concluyen apelando a un retorno a la ganadería extensiva y a una relación más directa con los animales. Sin embargo, advierte de que el actual marco normativo dificulta ese modelo tradicional y cuestiona que prácticas habituales en el pasado se presenten hoy bajo la etiqueta de “ecológicas”.
La escritora evoca su infancia en el entorno rural como una experiencia de proximidad constante con los animales, comparable —dice— a las fábulas de Esopo. En aquella carnicería de “kilómetro cero”, recuerda, el profesional conocía el origen y la alimentación de cada pieza, una trazabilidad que, en su opinión, hoy solo se encuentra en establecimientos de alta gama.
El ensayo también aborda la dimensión religiosa del consumo cárnico. María José considera que determinadas posturas, tanto sociológicas como confesionales, han contribuido a distanciar a la sociedad de su relación originaria con el animal.

Un libro que ‘germinó’ mientras esta albaceteña estudiaba en Bélgica
La semilla del libro, explica, germinó durante una estancia en Bélgica a comienzos de siglo, cuando experimentó la dificultad de identificarse como hija de carniceros en un contexto donde el discurso político contra el consumo de carne era especialmente intenso. A su entender, algunos de esos mensajes carecen de matices y perjudican sobre todo a ganaderos y pequeños comerciantes, sin afectar de igual modo a la gran industria.
En un escenario en el que proliferan recomendaciones para incrementar la ingesta de proteínas, la autora reivindica la carne como fuente de proteína de alta calidad y critica la influencia de las modas alimentarias. A su juicio, la sociedad ha perdido parte de su “soberanía alimentaria” y la capacidad de discernir qué y cómo comer.
María José sostiene que el modelo tradicional de carnicería generaba un producto que hoy se asocia a la alta cocina y a un consumo restringido por su precio. Observa, además, que los restaurantes más prestigiosos exhiben la carne como elemento central de su propuesta gastronómica.
Aunque optó por no continuar con el negocio familiar, reconoce paralelismos entre el oficio del carnicero y el del periodista. Ambos implican seleccionar, preparar y presentar una materia prima —la carne o la información— ante el público. En este sentido, recuerda la metáfora de César González-Ruano, quien comparaba la escritura de una columna con la elaboración de morcillas.
El libro incorpora asimismo una reflexión sobre el papel histórico de la mujer en la cocina y su destreza para evitar el desperdicio alimentario. Frente a una sociedad que, afirma, depende de etiquetas y certificaciones, contrapone la experiencia de generaciones anteriores, acostumbradas a comprar en establecimientos especializados sin necesidad de marcas ni envases informativos.
María José lamenta que la delegación de responsabilidades en el sistema de etiquetado y en la regulación pública haya contribuido a incrementar el desperdicio. También cuestiona el peso del marketing en la transformación de los hábitos alimentarios y la proliferación de aplicaciones, dietas y prescriptores que, a su juicio, no han mejorado la educación nutricional básica.
Como criterio orientador, propone recuperar la sostenibilidad como principio transversal para decidir qué consumir. En este marco, defiende el pequeño comercio como espacio de cohesión social, tanto en entornos rurales como urbanos, aunque reconoce que la compra de proximidad exige mayor inversión económica y tiempo.
Para la autora, la industrialización de la alimentación ha tenido en el sector cárnico una de sus últimas grandes transformaciones, con la progresiva desaparición de carnicerías y pescaderías tradicionales, hoy convertidas en excepciones asociadas a un valor diferencial.
Con La hija del carnicero, María José Fuenteálamo reivindica la figura del carnicero y, por extensión, la de ganaderos y agricultores. Considera que su contribución a la alimentación del país no ha recibido el reconocimiento social que merece y defiende la dignidad de un oficio que, sostiene, ha sido tratado con injusticia por el paso del tiempo y los cambios culturales.


