Que no nos distraigan con tecnicismos ni con el humo espeso de las “competencias”. Albacete vive una emergencia y tiene un nombre propio: Confederación Hidrográfica del Júcar. Porque cuando una ciudad se anega por el subsuelo, cuando los colectores revientan en silencio y el agua sale por los imbornales como si la calle respirara barro, no estamos ante una fatalidad meteorológica: estamos ante una cadena de decisiones no tomadas. Y la pieza clave de esa cadena es la CHJ, cuyo presidente estará tranquilo en un cómodo y seco despacho de Valencia.
El alcalde ha dicho, y lo ha dicho por escrito, tres veces, que esto iba a pasar. Tres cartas. Tres avisos. Tres oportunidades de actuar a tiempo. Y, aun así, la Confederación ha optado por lo que mejor domina, como ya se vio en la DANA de Valencia: desoír, demorar, escurrirse. Eso no es un despiste. Eso es una forma de gobernar: la que convierte la prevención en papel mojado.
El resultado está en las calles: bajos inundados, garajes anegados, vecinos desalojados, bomberos achicando sin descanso para devolver el agua a una red que no traga. Y lo más grave: la ciudad queda expuesta a que cualquier lluvia mínima sea el detonante de otra oleada de daños, porque con la red “en carga” se vive al borde del reventón permanente. No hace falta una tromba. Basta una llovizna. El desastre, hoy, no necesita cielo: lo trae la infraestructura saturada y la falta de intervención.
Y aquí llega el escándalo mayor, el que retrata la calidad institucional de quien manda en el dominio hidráulico: pasadas horas desde que se exigiera actuar, la Confederación ni interviene ni autoriza al Ayuntamiento a hacerlo. Es decir: no solo no apaga el incendio, también le quita la manguera al que está intentando apagarlo. Parálisis con poder de veto. Eso es lo que hay. El Ayuntamiento de Albacete estaría incurriendo en un posible delito medioambiental si rompe por su cuenta y sin autorización el cauce del Canal de María para que desborde el agua en el trasvase.
La solución, además, se plantea como urgente, concreta y ejecutable: aliviar caudal aguas arriba, habilitar una derivación, hacer la actuación necesaria para que el canal deje de comportarse como un río permanente y deje de empujar el agua hacia el subsuelo de la ciudad. Una intervención de emergencia, de las que se hacen cuando se entiende que lo importante son las personas y sus casas, no el “ya lo veremos” administrativo. Pero desde el despacho, cómodo, distante, seguro, la urgencia siempre pesa menos. Allí el agua no entra por el sumidero del salón.
La Confederación del Júcar ha elegido el peor papel en una crisis: el de la institución que mira el reloj mientras la gente mira el suelo. En Valencia se puede debatir si el trasvase es de unos o de otros, si el cruce implica a varias confederaciones, si el protocolo dice A o B. En Albacete, mientras tanto, la realidad es más simple: o se actúa o se inunda. No hay acta de reunión que seque un garaje. No hay nota técnica que rescate una planta baja. No hay excusa competencial que sustituya una decisión.
Y cuando una administración recibe avisos formales, reiterados, documentados, y los ignora, lo que queda no es “falta de coordinación”. Lo que queda es responsabilidad directa. La Confederación no puede refugiarse en la niebla de lo burocrático para salir indemne de lo humano. Porque cada hora sin actuar no es una hora neutra: es una hora en la que el agua sigue empujando, la red sigue colapsada y la ciudad sigue vulnerable.
Albacete no necesita que le expliquen por qué es difícil. Necesita que alguien haga lo que es necesario. Y si la Confederación del Júcar no quiere, o no sabe, estar a la altura de una emergencia, entonces al menos que no estorbe. Pero ni eso: ni actúa ni deja actuar. Eso tiene un nombre, y no es técnico: es político y es moral.
Hoy la culpa no está en las nubes. Está en un organismo que recibió cartas, vio venir el problema y decidió mirar hacia otro lado. Y esa indiferencia institucional, esa desatención sostenida, esa soberbia del “aquí decidimos nosotros”, se paga siempre igual: con barro en las casas de los demás.
Javier Romero
Director de El Digital de Albacete


