El Carlos Belmonte ya rugía antes incluso de que el balón echara a rodar. Eran los instantes previos al Albacete Balompié – FC Barcelona de cuartos de final de la Copa del Rey, disputado ayer, martes 3 de febrero, y el estadio presentaba ese aspecto que no se olvida: lleno absoluto, bufandas al viento y una grada que, desde el calentamiento, dejaba claro que la noche venía marcada en rojo.
En medio de ese escenario, el titular se hizo escena: “Georges Kabchi, presidente del Albacete, no salía de su asombro: lo tuvo que grabar en vídeo”. Y no por postureo, ni por protocolo, ni por compromiso institucional. Fue un gesto espontáneo, casi íntimo. Kabchi fue ‘cazado’ mientras, con el teléfono móvil en alto, intentaba atrapar en una pantalla lo que no cabe en ninguna: un Belmonte en pleno bufandeo, 17.000 gargantas cantando al unísono, un latido colectivo que se te mete dentro aunque no quieras.
La banda sonora, como tantas veces en estas noches de historia, fue la canción con sello albaceteño que empuja a los de Alberto González. Sonó entera, con esa mezcla de orgullo y herencia que solo se entiende cuando se ha crecido mirando el escudo del murciélago y las tres torres, y en cuyo estribillo y a base de alé, alé, alé, la afición enloquece; en el buen sentido de la palabra.
Y fue, precisamente, en esos “alé, alé, alé”, cuando el presidente, asombrado, apretó el botón de grabar. Como quien necesita pruebas para creerse lo que está viviendo. Como quien comprende, de golpe, que hay noches que pasan por la Copa… pero se quedan a vivir para siempre en una ciudad.
Ser de Albacete no se elige, ser del Albacete se es
Porque ser del Alba no se elige, ser del Alba se es. Un amor blanco, limpio, puro. Un amor que se hereda: de padres a hijos y de abuelos a nietos. Un amor que sabe de domingos grises y de alegrías que te cambian la semana; de reír y llorar a partes iguales; de volver a casa con la garganta rota y el corazón entero. Y por eso el Belmonte cantaba antes del pitido inicial: porque no solo se estaba jugando un partido, se estaba celebrando una comunión entre el equipo y la afición.
La noche, además, venía cargada de contexto y de ilusión legítima. El Albacete llegaba con el pecho inflado por una Copa que ya era inolvidable: había eliminado al Real Madrid en octavos (3-2), una de esas gestas que se cuentan durante años en cada barra de bar y en cada conversación familiar. Y el sorteo deparó el cruce soñado —o temido—: el FC Barcelona. Otro gigante. Otro capítulo para creer.
Ya con el balón en juego, el partido tuvo de todo lo que promete una noche así. El Barça acabó imponiéndose por 1-2, con goles de Lamine Yamal y Ronald Araujo, y el Alba respondió con un arreón final que encendió el estadio, recortando con un tanto en la recta final y rozando el empate entre el ruido y la fe. El coliseo blanco empujó hasta el último segundo, como si el empate pudiera forzarse a base de aliento, y el desenlace dejó esa sensación tan copera de haber estado a un suspiro de lo imposible.
Pero, por encima del resultado, quedó lo que Kabchi quiso guardar en su móvil: un estadio entero convertido en familia. Y quedó también lo que no necesita archivo ni memoria externa: lo que se grabó en el corazón de los 17.000 que estuvieron dentro y de los cientos de miles que lo siguieron desde la provincia por televisión, compartiendo la misma emoción, el mismo nudo en la garganta, la misma certeza: que hay noches en las que el fútbol no es solo fútbol.
Y anoche, en el Carlos Belmonte, el Albacete volvió a ser eso que canta su gente: histórico y de honor.


