La Copa del Rey volvió a demostrar anoche, martes 3 de febrero, que tiene algo que no cabe en las pizarras ni en los presupuestos: esa capacidad de igualar al poderoso con el pequeño a través de una emoción compartida. El partido entre el Albacete Balompié y el FC Barcelona no solo se jugó sobre el césped: también se ganó un lugar privilegiado en los hogares, coronándose como lo más visto del día en televisión.
Los datos de audiencia hablan por sí solos. El encuentro fue líder con un 22,8% de cuota de pantalla y una media de 3.199.000 espectadores. Y la cifra que retrata la dimensión del fenómeno: más de 7,7 millones de personas conectaron en algún momento con la retransmisión, entrando y saliendo como quien asoma la cabeza a la ventana cuando oye ruido de épica en la calle.

España se hizo del Albacete
Porque en noches como esta el espectador no solo mira: elige. Y casi siempre elige el lado del débil, del pequeño, del David frente a Goliat, del ratón que se atreve a plantarle cara al gato. La épica —la posibilidad de que ocurra lo imposible— seduce más que las gestas preescritas. Y ahí, en esa rendija por la que se cuela el milagro, el Albacete encontró ayer una legión de simpatizantes momentáneos repartidos por toda España.
No hace falta haber pisado el Carlos Belmonte ni tener raíces manchegas para comprender lo que representa el Alba. Hay amores que se heredan como una bufanda vieja pero sagrada: de padres a hijos, de abuelos a nietos, con historias contadas a medias en la mesa camilla, con tardes de radio y domingos de piel de gallina. Y anoche, ese amor antiguo, doméstico y resistente también se proyectó por la pequeña pantalla y caló en millones de personas que no tenían vínculo previo con el club.

Corazones del Albacete por toda España
Durante muchos momentos, sin saber muy bien por qué, a más de uno se le volvió el corazón blanco. Y ahí estaba: latiendo distinto, volando como un murciélago entre tres torres, como si por un instante todos hubieran pertenecido a la misma familia futbolera. La Copa del Rey —romántica y caprichosa— volvió a hacer de las suyas: convertir un partido en un relato, y una audiencia masiva en algo parecido a un juramento silencioso. Aunque fuera solo por una noche, España también fue del Albacete.


