De la cabeza de Vallejo al pie de Betancor se cimentó un camino de ilusión del que tardará de bajarse una ciudad. Por eso el partido de ayer tenía que empezar como empezó, con todo un estadio exhibiendo ciudadanía y un mosaico a la altura de muy pocos. De lucir, Albacete lo sabe todo, y por eso ni uno solo de los detalles que de la ciudad y el club dependían, salió mal.
Primero de todo, porque el ‘Alba’ cimentó el mejor de los presentes que le ha tocado vivir esta temporada (con permiso de la gloria que vendrá allá por junio, tiempo al tiempo), sin dejar de sacar brillo a su pasado. Se recordó así la última visita del Barça, aquella de cuando el 96, cuando lo que ahora es el ‘Fantasy’ era entonces la Liga Fantástica Marca en la que todos los niños de Castilla-La Mancha fichábamos a nuestra estrella por un puñadito de millones de pesetas que nos garantizaba más de una tacada de puntos labrados a base de zambombazos desde el centro del campo.
Una historia que fue hace 35 años cuando empezó a escribirse en oro con aquella plantilla que debería enseñarse de carrerilla en todos los institutos de la provincia si es que algún infante aún no la sabe entonar. Lo del ‘Queso Mecánico’ de Floro fue mucho más que un golpe de suerte. Fue Catali y fue Conejo; fue Menéndez y su zurda; los paisanos Antonio o Coco… Y fue el uruguayo.
Ese bombardero fino, quirúgico en el pase, de corazón canchero como solo en Peñarol pudieron enseñarle y con el alma manchega desde el primer día que pisó el Belmonte y para siempre desde que aquel 9 de junio firmó los dos goles contra el Salamanca para certificar el ascenso al Olimpo del fútbol español. Quien aún recuerda la previa del partido no ha borrado de su memoria lo que le costó al ‘Alba’ transitar desde la concentración del Parador hasta el campo.
Oliete, Aquino, Urzáiz o Geli engrosaron aquella plantilla que pisó el Camp Nou por primera vez en su historia para perder 7-1m contienda que equiparó a Zalazar con jugadores como Koeman y Laudrup… compartiendo control de antidoping.
El ‘Alba’ en versión rapera, el himno que cantaron todos los bares, el ‘No pasa nada, tenemos a Conejo’ de la grada, la historia del equipo fue siempre la de un equipo que caía bien, casi a la fuerza. El subibaja de después, que le llevó a perder de vista en 2005 por última vez la Primera División del fútbol español, queda atrás ya por más de dos décadas. Solo toca pedir que la experiencia de este año sirva de encofrado para empezar a creer que Albacete es una ciudad de primera, con un equipo de primera, que acabará al menos aspirando a regresar a primera.
Porque los dos escaparates universales que ha protagonizado el equipo, el que sirvió para tocar la gloria contra el Real Madrid y el de ayer, que se le pareció en muchas fases de la segunda parte, ha puesto de relieve la casta de todo un club.
Más allá de la previa, el partido empezó con una grada envidiable y con la mejor de las pancartas, firmada por Juan Ramón Amores y Juan Carlos Unzúe para visibilizar a todos los enfermos de ELA.
El partido, serio, ofreció una segunda parte que se recordará durante tantas décadas como recordamos el asecenso contra el Salamanca. Por las dos que casi mete Jefté, por el gol anulado por los pelos, por la que Gerard sacó bajo palos, por la que Joan García tuvo que dormir tirándose al suelo para perder tiempo, porque Albacete fue un infierno. Unos gramos de mala suerte separaron a Albacete de las semis, pero ahora le sobran toneladas de autoestima para usar el rebufo de una afición de matrícula de honor y de un pueblo a sus pies para empezar a pedir turno para comer el próximo año en la mesa de los más grandes.
Humberto del Horno

