Muere este querido e implicado vecino de un pueblo de Albacete: «Es un día muy triste»

La localidad de La Roda (Albacete) ha recibido con pesar la noticia del fallecimiento de Leocadio Simarro Carrilero, un vecino especialmente apreciado por su carácter cercano y por una implicación constante —discreta pero firme— en la vida asociativa del municipio. Vinculado durante años a la Asociación de Conductores San Cristóbal de La Roda, Simarro deja tras de sí el recuerdo de alguien que no entendía el compañerismo como una palabra solemne, sino como una forma de estar: presente, disponible y generoso.

Desde la Asociación, el adiós se ha hecho público a través de un mensaje de despedida en redes sociales en el que se subraya su entrega “tanto como miembro de la directiva como fuera de ella” y su disposición a ayudar y acompañar “en todo”. “Hoy es un día muy triste para nosotros ya que nos toca despedir a otro gran amigo y mejor persona”, expresan, en un texto que transmite el impacto de la pérdida y el agradecimiento por una trayectoria compartida. En ese mismo mensaje, la entidad se encomienda a la protección del patrón de los conductores: “¡Que San Cristóbal te cuide allí arriba como te cuidó aquí abajo en tus años de profesión. Muchas gracias por todo amigo y compañero”, concluyen, firmando el nombre de Leocadio con una despedida sencilla y definitiva: D.E.P.

Quienes lo trataron coinciden en que Leocadio fue de esas personas que hacen comunidad sin hacer ruido. Su implicación no se medía en cargos, sino en gestos: estar cuando hacía falta, ofrecer una mano sin pedir nada a cambio, sumar en los días fáciles y, sobre todo, en los difíciles. En una asociación donde la carretera es oficio y metáfora, su figura queda asociada a la lealtad de los que entienden que el camino se recorre mejor cuando nadie viaja solo.

Y quizá por eso, en este adiós, La Roda (Albacete) no solo despide a un conductor ni a un integrante comprometido de un colectivo local: despide a un hombre que supo convertir la rutina en vínculo. Como si cada saludo, cada apoyo y cada “aquí estoy” hubieran sido pequeñas luces encendidas en el trayecto de los demás.

Hoy, quienes compartieron con él trabajo, amistad y celebraciones lo imaginan, con ternura, cruzando un último puente. No el de asfalto y líneas blancas, sino el que une lo vivido con lo que permanece. Si San Cristóbal fue su amparo en los años de profesión, la memoria de La Roda —y el cariño de los suyos— será ahora el refugio que lo acompañe. Porque hay personas que no se van del todo: se quedan en la forma en que una comunidad aprende a quererse.

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