Albacete despide a uno de sus más conocidos asesores fiscales, fallecido en las últimas horas en la capital. Su muerte deja un vacío hondo en el ámbito profesional —donde desarrolló una trayectoria marcada por el rigor— y, sobre todo, en la vida cotidiana de una ciudad y una tierra a las que dedicó trabajo, criterio y presencia serena. Se trata de José Manuel Soriano.
Soriano inició su carrera en la Administración pública como inspector de Hacienda, un puesto desde el que forjó una reputación asentada en la responsabilidad y en el respeto escrupuloso a la norma. Quienes compartieron con él aquellos años destacan su manera de entender el servicio público: con disciplina, método y una idea clara de la justicia tributaria como pieza esencial de la convivencia.
Con el tiempo, decidió emprender un nuevo camino fuera del erario público para fundar su propia asesoría fiscal, desde la que acompañó a particulares y empresas en un terreno complejo que él sabía traducir con claridad. Su despacho fue, para muchos, algo más que un espacio de trámites: un lugar donde encontrar una explicación precisa, una orientación honesta y una calma que no se improvisa. En un oficio donde los números pueden parecer fríos, Soriano supo imprimir un trato humano, consciente de que detrás de cada declaración, cada expediente y cada decisión, hay vidas que sostener.
Además de su labor en el ámbito tributario, José Manuel Soriano mantuvo un compromiso constante con el territorio a través de su participación como miembro de la Junta Central de Regantes, una institución clave para la gestión del agua y la defensa de un recurso decisivo en la provincia. Desde esa responsabilidad, aportó criterio y espíritu constructivo, entendiendo que el agua no es solo un bien a administrar, sino también una herencia común que exige prudencia, diálogo y visión de futuro.
En el recuerdo de quienes le trataron quedará su discreción, su templanza y un sentido del deber que no necesitaba alzar la voz. Hay personas que no se imponen: acompañan. Y su manera de estar —firme sin dureza, exigente sin arrogancia— construyó confianza a lo largo de los años.
Hoy, Albacete le despide con el respeto que merecen las vidas útiles y con la gratitud silenciosa que dejan quienes han trabajado sin estridencias por hacer más ordenado el mundo de los demás. Hay biografías que se resumen en un gesto: el de haber puesto luz donde había incertidumbre. Y esa luz —la del rigor, la del consejo, la del compromiso con la tierra— seguirá en quienes aprendieron de Soriano, en quienes le consultaron, y en quienes encontraron en su trato una forma sencilla de dignidad.


