La pizarra en soledad y el gol en compañía: Alberto González diseñó un plan perfecto que llevó al Albacete a ganar en Zorrilla

El entrenador del Albacete diseñó el partido que quería de manera perfecta

Hay victorias que se explican con un regate, un despeje en el área o un remate a la escuadra. Y hay otras —más silenciosas, más de oficio— que nacen mucho antes de que ruede el balón: en una semana de trabajo, en una pizarra bien leída, en la convicción de un grupo que sabe exactamente qué hacer en cada fase del partido. La de este sábado en el José Zorrilla pertenece a esa segunda categoría. El Albacete Balompié se llevó un 0-1 merecido ante el Real Valladolid gracias a un gol de Antonio Puertas en el tramo final, sí, pero sobre todo gracias a un plan diseñado con precisión quirúrgica por Alberto González y su cuerpo técnico… y ejecutado a la perfección por sus futbolistas.

Normalmente, tras una victoria, el foco se va de manera casi automática hacia los jugadores. Son ellos los que pisan el césped, los que se exponen al error y al acierto, los responsables más directos de lo que ocurre sobre el verde. Pero en Valladolid hay que poner también sobre la mesa el trabajo del banquillo. Porque el Albacete no ganó por una casualidad, ni por una inspiración aislada: ganó porque supo ser equipo durante 90 minutos, porque entendió el partido desde el primer minuto y porque su entrenador acertó en todo: el planteamiento, los ajustes y —sobre todo— los cambios y el momento exacto de hacerlos.

Un partido bajo control: intensidad, orden y una idea clara

El contexto no era menor. Jornada 23 de LaLiga Hypermotion, 13.643 espectadores en Zorrilla y un partido con carga emocional antes de arrancar, con un minuto de silencio por varias pérdidas recientes vinculadas a tragedias y a la propia memoria blanquivioleta.

En el césped, el guion se pareció mucho a lo que el Albacete quiso que fuese. Los manchegos salieron con una intensidad superior, presionaron con sentido, recuperaron pronto y, cuando tocaba, aceptaron que el Valladolid tuviera más balón sin concederle ventajas claras. El plan era doble: negar pasillos por dentro, forzar al rival a ataques menos dañinos y estar preparado para correr cuando hubiera robo en zona útil. Y el equipo lo cumplió “a rajatabla”: serio sin balón, rápido cuando olió transición y sin fisuras en su estructura.

De hecho, el Albacete también tuvo las mejores opciones antes del descanso: un remate al poste en un córner y otra acción a balón parado que obligó a estirarse al portero local. El Valladolid, por su parte, enseñó chispazos —un centro-chut que Mariño tuvo que desviar, un remate claro que no encontró portería—, pero nunca terminó de mandar de verdad.

Once del Albacete en Valladolid

La soledad del entrenador… y el día en que la pizarra pide aplauso

En el fútbol hay una injusticia tan antigua como romántica: cuando se gana, se gana “por los jugadores”; cuando se pierde, se pierde “por el entrenador”. La soledad del técnico es esa: vive en el filo de la navaja, celebrado de refilón en las buenas y señalado con nombre y apellidos en las malas.

Por eso el triunfo del Albacete en Valladolid merece contarse de otra manera. Porque Alberto González no solo preparó bien el partido: lo leyó durante el partido. No tocó por tocar, no se precipitó, no desordenó al equipo. Esperó el punto exacto, el minuto exacto, la pieza exacta.

El primer movimiento llegó en el 65’: Jefté entró para relevar a Obeng. No fue un cambio caprichoso; fue un ajuste coherente con lo que estaba pidiendo el encuentro. Después, mediada la segunda parte, agitó de nuevo el banco con dos sustituciones casi de bisturí: Lazo por Valverde y, sobre todo, Puertas por Agus Medina. Cambios de posición por posición, sin romper el dibujo, sin perder la idea, pero elevando el peligro.

Y entonces, cuando el partido se acercaba a ese territorio donde un detalle decide una tarde, el Albacete tuvo la sangre fría para convertir el momento en ventaja. El Valladolid se quedó con diez por la expulsión de Iván Alejo por doble amarilla. Y apenas dos minutos después, el plan encontró su premio: falta lateral, balón al área, peinada en el primer palo y Puertas —el cambio— rematando cruzado para el 0-1.

A partir de ahí, no hubo nervio. Hubo oficio. Alberto agotó los cambios para blindar el resultado y el equipo cerró la tarde con la misma seriedad con la que la había empezado: cuatro minutos de añadido y ni una concesión que hiciera temblar el triunfo.

Celebración del gol del Albacete

Una victoria con firma colectiva… y con el sello del banquillo

El gol lo marcó Puertas, y la ejecución fue impecable. Pero el partido lo ganó el Albacete desde la idea: desde la forma de presionar, desde la manera de replegar sin sufrir, desde la paciencia para esperar su momento y desde una dirección técnica que clavó cada decisión. En un estadio exigente y ante un rival necesitado de una reacción, el equipo de Alberto González ofreció un partido casi perfecto de principio a fin y se llevó tres puntos que, por juego y madurez, son algo más que una cifra en la clasificación: son una declaración de identidad.

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Nacho Lopez

Nacido en Albacete. Más de 15 años de experiencia en medios de comunicación en radio, televisión y digital, como Intereconomía radio, Cadena SER, Punto Radio, ABTeVe y VOZ Castilla-La Mancha.
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