ASÍ SUENA | Saliendo del tren

Artículo de opinión de Humberto del Horno

((En el momento que vi tu mirada buscando mi cara la madrugada del 20 de enero saliendo del tren   20 de enero – La Oreja de Van Gogh))

Dirá Amaya que ya es casualidad que el mismo año que regreso por todo lo alto para recuperar la vocalía de La Oreja de Van Gogh, la letra de una de sus canciones más tarareadas a lo largo de los años se convierte en casi diabólica por la conjunción de circunstancias. Y ya de paso, me da pie para hablarles de una cosa. 

Con un vaso medio lleno en la mano, brindo desde el optimismo empeñándome en pensar que la sociedad de este país está muy por encima de la mayoría de la clase política. 

Qué país este, obcecado en aprender a base de golpes, como si no hubiera atajo para esquivar aquello de que la letra con sangre entra. 

Y es que, de epidemia a volcán y de volcán a dana, la última de las desgracias de gran magnitud que nos ha tocado vivir en este país ha sido escenario de un entendimiento a nivel institucional tan sorprendente como necesario, tan inédito como balsámico. El no estar acostumbrados a que máximos dirigentes de uno y otro color político coincidan en alabanzas por su colaboración mutua ante una situación extrema como el descarrilamiento de Adamuz abre la puerta a una esperanza que, con todo, se acabará difuminando. 

Y es que aún así, aquella copa medio llena de párrafos atrás se tornará en unas líneas en medio vacía por exigencias del guion. Y es que, con Vox atrincherado en lo más reaccionario de la política a costa de lo que sea y por medio de los bulos que sean necesarios, el eterno clima electoral que da sombra al tablero político de este país necesitará que, antes o después, se eleve el tono y se exagere la gesticulación. 

Las manos que hoy se estrechan mientras restan todavía cadáveres por rescatar del amasijo de hierros que antes fueron vagones servirán, qué duda cabe, para abofetear al de enfrente a la primera de cambio. Comisiones de investigación, fake news y zascas tienen ya el terreno preparado. O quizá no. 

Mientras, me consuela ver a un pueblo de 5.000 habitantes volcado para dar apoyo de la forma que sea a los afectados que aún pueden contarlo, como me consoló ver la ola de solidaridad que desató la dana en Valencia el pasado octubre de 2024. La noticia de aglomeraciones de voluntarios para donar sangre en todo el país e incluso personas a título particular que fueron capaces de prestar su tiempo y su vehículo para transportar a usuarios afectados por las restricciones del tráfico ferroviario me hacen, al menos, coger el aire suficiente para no pensar que en algún punto ya se pudrió todo. 

Más allá de todo eso, y por pedir que no quede, solo me queda esperar que cuando el compás del chacachá vuelva a sonar entre Madrid y Andalucía, a alguien se le encienda la luz y abra por fin el debate de qué hacer con la red ferroviaria en España. Desde lo envejecido de la flota hasta los sabotajes, desde los robos de cable hasta la saturación de las líneas tras liberalizar las vías.

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