Albacete vivió anoche una de esas jornadas que se quedan pegadas a la piel. En un Carlos Belmonte encendido y con aroma de noche grande, el Albacete Balompié se impuso 3-2 al Real Madrid y lo dejó fuera de la Copa del Rey en octavos. Pero el titular —y el hilo conductor— va más allá del marcador: el “entrenador pequeño” fue el que se vio más grande, porque Alberto González le ganó la partida, con pizarra y con oficio, a Álvaro Arbeloa, que debutaba como técnico del primer equipo blanco tras la destitución de Xabi Alonso.
Un plan para “secar” al gigante
El Albacete no se lanzó a una heroicidad desordenada. Todo lo contrario: construyó su noche desde un entramado reconocible, compacto y valiente, diseñado para incomodar al Madrid allí donde suele respirar: en las recepciones limpias por dentro, en la segunda jugada tras pérdida y en la pausa cerca del área. El equipo de Alberto juntó líneas, eligió cuándo morder y cuándo esperar, y convirtió la posesión visitante —amplia por momentos— en un dominio estéril, de esos que desesperan más por dentro que por fuera.
El resultado fue una fotografía muy manchega: orden sin renunciar al golpeo, solidaridad en cada ayuda y una fe que creció con el paso de los minutos. Al Madrid, mientras tanto, se le fue haciendo largo el partido, sin continuidad creativa y con dificultad para sostener las transiciones defensivas cuando el Albacete encontraba campo para correr.
La lectura de una convocatoria y la sospecha de la subestimación
El contexto también pesó. Arbeloa llegó al Belmonte con el tiempo justo, apenas un día después del relevo en el banquillo, y con una lista en la que faltaron varias figuras: nombres como Kylian Mbappé o Jude Bellingham no estuvieron en la convocatoria, y el Madrid presentó una alineación más rotada de lo habitual para una eliminatoria a partido único. La sensación, en la previa y durante muchos tramos, fue la de un Madrid que esperaba resolver por inercia… y un Albacete dispuesto a romper esa lógica desde el primer duelo.
No es que el Madrid “se borrara”: es que el Albacete le obligó a jugar lejos de lo cómodo, a atacar sin carril interior limpio y a defender con prisas cada pérdida. En esa incomodidad, el plan local se hizo gigante.
Los goles contaron el desenlace; la táctica contó la historia
El partido fue un vaivén de emociones. El Albacete se adelantó, el Madrid encontró respuestas para igualar —con tantos que mantuvieron la eliminatoria al filo— y la noche se convirtió en un intercambio de golpes donde el Belmonte empujaba como si cada balón dividido fuese el último.
Y entonces apareció el nombre propio que explica el final: Jefté Betancor, decisivo, con dos goles y un zarpazo en el descuento que cerró la puerta del torneo para el Madrid y abrió, de par en par, una página histórica para el Albacete.
El detalle que retrata la superioridad de Alberto: los cambios tras el desgaste
Si hubo un momento que simbolizó el repaso táctico fue la segunda parte. Con el desgaste lógico de un equipo que había trabajado a destajo, el Albacete amagó con perder metros por un instante. Ahí llegó la mano del entrenador: ajustes y cambios para reactivar la presión, refrescar piernas y sostener la misma idea sin renunciar al ataque. El equipo no se descompuso; se reordenó. Y, con ese nuevo impulso, volvió a ganar terreno, duelos y convicción.
En el otro lado, Arbeloa —estreno áspero y sin red— admitió el golpe y cargó con la responsabilidad de un debut que, por contexto y resultado, se le hará cuesta arriba en el relato.
El Belmonte, los colores y una noche que se cuenta a los hijos
Más allá del análisis, queda lo que no se puede medir: la emoción de un club que vive de su gente. El Albacete ganó como se ganan estas noches: corriendo por el compañero, defendiendo el escudo en cada repliegue y creyendo que, en fútbol, la jerarquía no se hereda: se demuestra. En la grada hubo orgullo, y en el césped, una idea llevada hasta el extremo con disciplina y amor por los colores.
La Copa del Rey, tantas veces refugio de lo imprevisible, volvió a recordarlo en Albacete: el entrenador “pequeño” fue el que se vio más grande, porque Alberto González no ganó solo el partido. Ganó la partida.



