ASÍ SUENA | El juicio de las voces que gritan

Artículo de opinión de Humberto del Horno

 ((He estado pagando sin conciencia por un pecado original, una deuda innecesaria; he estado cargando con el juicio de las voces que gritan sin alma       El juicio – Chica Sobresalto))

   Aunque parezca entretenido ser narrador, cronista o solo espectador del día a día de la actualidad política en esa parte embarrada del terreno de juego en el que se han convertido los juzgados de toda España, lo cierto es que la sucesión de capítulos comienza a adquirir una monotonía lánguida y repetitiva. Ojo, no en el fondo. En todas y cada una de estas líneas me referiré a las formas. Lo poco gusta, lo mucho cansa, que decían en mi pueblo. 

   El resultado hasta ahora tras las dos primeras jornadas de esta semana que han supuesto el lunes y el martes es de empate a uno entre Sánchez y Ayuso. Y si uno de los dos quiere terminar ganando será cuestión, simplemente, de cómo podrán explicar sus propios matices a las aficiones que pueblan las gradas de cada uno. 

  No me refiero a los ‘hooligan’ que agitarán la bufanda de su color sea cual sea el resultado. Esos gritarán más las patadas en la rodilla al adversario que los goles por la escuadra. Hablo aquí de todos aquellos votantes por pura simpatía de cualquiera de los dos a los que ya se les empieza a hacer largo este partido en el que parece no acabar ese regusto a eterno tiempo de descuento. 

   En la jornada que nos ocupa, la de esta semana, el primer gol lo encajaba la presidenta madrileña al mismo tiempo en que las alertas informativas se apresuraban a hacerse eco de cómo su pareja tendrá que dar explicaciones delante de la jueza, una magistrada que le ha añadido dos delitos más al cazo del ‘ciudadano particular’, entre ellos el de pertenencia a organización criminal. 

   La primera línea de defensa, ejecutada por el jefe de Gabinete y dueño de las cuerdas que manejan a la novia y compañera de lujoso ático del imputado, fue simple pero ruidosa: La jueza, que le ha cogido manía al chiquillo; y el adversario, que es un corrupto. 

   El gol del empate llegaba poco después, ahora con el hermano del presidente, que irá a juicio por prevaricación y tráfico de influencias a cuenta de su puesto de trabajo en un conservatorio. Perdonen lo de ‘trabajo’, quédense solo con el término ‘puesto’. En este caso concreto, y a la espera todavía de si será posible poder probar el delito, el tufillo a enchufismo es en cierto modo desesperante, porque quizá no sea suficiente para dar por probada la prevaricación, pero es más que suficiente para lamentarse de una de las señas de identidad de cutre estofa más enquistadas en este país, la de los dedazos nepotistas, tan implacables como hediondos. 

   Pero, con todo y ya terminando, no venía a hablarles de esto. Porque si cabe una reflexión que me gustaría compartir no se limita a ver quién de los dos es más culpable ni cuál de los dos sonroja más. Lo que inquieta es hasta qué punto merece la pena conformarse con que la pelea política, al menos la más resultadista, se quede en esta pantalla. Ya saben aquello de que, en las competiciones largas, importa casi más el ‘banquillo’ que lo que ocurre en el campo. Y aunque en la metáfora el banquillo se quede en el de los acusados, bien sirve para rematar la pieza de hoy.

   Acabará la jornada de hoy y llegará la de mañana. Y entre begoñas, davides, amadores y montoros no nos dará tiempo a ver si quienes nos quieren gobernar se merecen que les sigamos les sigamos la corriente. Y mientras los titulares de las páginas de Nacional los inspiren los juzgados y no las estrategias, estaremos, poco a poco, condenándonos a lo peor de la polìtica.

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