El asesinato de ‘La Juana’, un crimen que conmocionó a Albacete

El Albacete más negro, a escena

El crimen de ‘La Juana’ es una de esas historias del Albacete negro que no conviene olvidar. Indefensa, desaliñada y viviendo casi en la miseria, ‘La Juana’ era conocida casi por todo el mundo. Las mismas personas que un día la echaron de menos en pleno centro de la ciudad y ya no la volvieron a ver viva nunca más tras ser asesinada de manera cruenta.

La Juana formaba parte del paisaje urbano del antiguo Albacete de las décadas de los 70 y los 80 y se movía entre la gente con absoluta naturalidad. Su figura y andares representaban el eslabón perdido en la evolución humana. Limitaciones tan evidentes provocaban todo tipo de reacciones sentimentales pero nunca indiferencia. Una pícara niña metida en el cuerpo de una mujer, que alargaba la mano pidiendo un duro o trataba de alcanzar la entrepierna de algún muchacho que le gustaba. En un caso y otro, la mayoría fintaba con la cintura para esquivarla.

Deambulaba todo el día por el centro de la ciudad y comía de lo que le daban; sentada en cualquier ventana de un banco, descansaba o charlaba, a media lengua, con aquél que le prestaba un minuto de atención. La veían correr desbocada persiguiendo a crueles chiquillos que se burlaban y reían, ajenos a la miseria de un ser desheredado. Por la noche descansaba en una pequeña casa que recogía al ser que jamás supo lo que era un hogar. Sus inclinaciones primarias traslucían una disposición instintiva a satisfacer necesidades propias y ajenas. Muchos perversos sacaron provecho de un cuerpo deforme a cambio de cualquier cosa. Era, en fin, una niña-mujer, mísera e indefensa.

Foto de archivo / Albacete

Un vacío inusual en el centro de Albacete

El día diecisiete de diciembre de mil novecientos ochenta y dos, los castañeros notaron un vacío inusual entre la gente que paseaba por el centro. Pocas veces faltó, acaso, por algún catarro fuerte. Esa tarde no estaba y les pareció extraño. De algún modo, se percibía una ausencia definitiva. Mientras, en el centro de El Cerrico, avisados por los familiares, unos policías llegaban a la casa de Juana. Era la tarde anterior, 16 de diciembre de 1982. Su cadáver aparecía boca abajo, desnudo y agujereado. El grifo dejaba caer un hilo de agua sobre aquella pileta de cemento. La sangre seguía derramándose por el desagüe. Aquella mano, que día atrás pedía duros, estaba rígida y extendida hacia la calle; seguramente, antes de exhalar, buscó la puerta que nunca alcanzó.

Dos habitáculos sin puerta entre ellos; una cama, una mesa, alguna silla y la alacena suponían el pírrico mobiliario de una casucha sin calor. Los agentes sintieron una sensación especial al verla de ese modo. Había sido alguien entrañable que conocían y ayudaban en lo que podían; siempre que veía un uniforme se acercaba a pedir algo o quejarse de un mocoso injusto que la provocaba. Juez, forense, funeraria, sollozos, policías y mucho silencio hacían salir de aquella casa una verdadera ausencia.

Se comenzó la investigación buscando indicios o vestigios que explicaran el cómo, cuándo, quién y porqué alguien quiso acabar con aquella niña en el cuerpo de una mujer. La almohada manchada de sangre denunciaba el principio del fin. Recogieron muestras y una imagen que resultaría determinante en la resolución de aquel abominable crimen: un dedo manchado de su sangre dejó su sello sobre la fría pared de yeso, testigo mudo de todo lo que sucedió horas antes. Pocos detalles bastaron para reconstruir aquella escena, que ninguno de sus protagonistas contó jamás. Una por razones evidentes.

Una macabra huella en la pared / Foto de archivo / Albacete

Un asesino andaba suelto por Albacete

En unos cuantos minutos, una orgía cruel y dolorosa debió poner fin de una reunión de placer, interrumpida por algo que truncó el desarrollo normal de una relación primaria. Ahora, había que tratar de identificar al protagonista de la cita, despiadado causante de tan horrendo crimen, que descargó su ira innumerables veces clavando una hoja de acero mientras le quedó espacio en una piel cuarteada.

Alguno de sus visitantes secretos en horas de soledad y apremio le había cerrado la boca para siempre; no debía ser, por tanto, ajeno al entorno porque nadie apreció o escuchó algo distinto a lo cotidiano. El pedazo de pared con una huella dubitada era la pieza fundamental del rompecabezas.

En el centro de Albacete nadie pedía un duro como La Juana, a la que se echaba de menos; faltaba aquel vozarrón indefenso implorando un duro, sonsonete habitual entre las gentes acostumbradas a que no pasara nada. La indignación era solapada por una gran consternación.

Foto de archivo / Albacete

Un psicópata, pendiente de juicios por violaciones en Albacete

Los bulos eran irrefrenables; algunos conocidos de la niña-mujer se vieron señalados injustamente. Un crimen que otorgó la vitola de especialidad a una Policía Científica, que nacía en la Comisaría de Albacete en esas mismas fechas. Un empujón de calidad que permitió buscar más y mejor con las lupas y lentes de siempre, pero con la aportación incuestionable de microscopios poderosos, buceadores de la verdad. La técnica indagaba en unas crestas papilares que debían relacionarse con los sospechosos de la investigación criminal de todos los días. La conjunción entre la investigación, conocimiento y trabajo fue la fórmula precisa con la que se comparó para acertar.

Un psicópata, pendiente de juicios por violaciones en el mismo barrio, vecino tres calles más abajo, resultó ser el autor. Jamás explicó nada sobre el asunto. Negó hasta la evidencia. Detenido, juzgado y condenado, finalizó una condena normal para un 1984, que le dejó en la cárcel poco tiempo. Una pena de quince años por homicidio, con las restas propias del sistema de entonces, rebajó la retribución legal.

Albacete, después de treinta y seis años, olvidó esa tragedia. La sucesión de delitos, donde los asesinatos han engrosado la historia negra, soterró crímenes añejos. Cada uno tolera con distintas intensidad los azotes de la muerte. Cuando destapamos el baúl de los recuerdos, entre otros sucesos de antes, aparece con descaro el Crimen de La Juana. La técnica aplicada a la investigación policial, abduciendo inventos que facilitan la identificación, han permitido avances impresionantes. A pesar de todo, las posibilidades para descubrir autores de delitos por medio de las huellas, esas que dejan en el lugar del suceso, podrían ser mucho mayores. Limitaciones legales, indolencias curiosas o complejos inexplicables están permitiendo que muchos delitos queden sin descubrir, incluso crímenes como el de La Juana.

/ J. F. R. P. /

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