Andrea Gil es una mujer de orígenes almanseños, un municipio de la provincia de Albacete, que se ha convertido en la primera mujer trans cuyos títulos deportivos le han sido reconocidos con efecto retroactivo.
Un hito que rompe una barrera más en lo relacionado a la transexualidad y el deporte y que abre una puerta para el reconocimiento de los logros deportivos con efecto retroactivo. Así, Andrea Gil confiesa a El Digital de Albacete que le cuesta “ver este logro”. De este modo, la albaceteña ha conseguido que en aquellos títulos que logró en el mundo del taekwondo vaya escrito su nombre, Andrea Gil.
“Nunca se me ha reconocido nada”, explica Gil, que señala que estos logros son “solo un granito de arena que van sumando y pueden traer cosas positivas para las generaciones que vienen”. Así, explica que para ella este hito ha supuesto “un sello que queda perenne para toda la vida y si alguien más lo necesita ya hay una línea con efecto retroactivo a la que se pueden agarrar”. “Es como cuando tiras una piedra a un lago, esas ondas se expanden y producen un eco que también es un punto de partida; un antes y un después”, argumenta.

Los títulos que Andrea logró en su etapa deportiva ahora llevan escrito su nombre
Aunque hace años que Andrea no practica el deporte que fue su “lugar seguro” en su niñez, no sabe si algún día lo retomará. Y si decide hacerlo, ahora lo podrá llevar a cabo con el cinturón negro que consiguió hace décadas. “A día de hoy sigue habiendo mujeres que compiten en ciertos ámbitos del deporte donde sigue habiendo esa masculinidad impregnada”, señala, y añade que con este logro “las mujeres transexuales estamos en el punto de mira, aunque siempre hay cierto revuelo con este tema”.
Andrea Gil dio sus primeros pasos en el tatami con apenas 10 años. “Tenía una figura paterna con cierto empeño a que me apuntase a este tipo de deportes y accedí, la sorpresa fue que me encontré con una pequeña parcela de seguridad donde conocí a muy buena gente”, sostiene, y recuerda que “al principio tuve que luchar contra mi disforia y no fue fácil hacerlo en los vestuarios”. Poco a poco, aquel tatami que llegó a su vida de casualidad, se fue convirtiendo “en un espacio seguro, aunque al principio desconfiaba de todo porque los espacios que debían haber sido seguros como mi hogar o la escuela eran puntos calientes en cuanto a conflictos”.
El deporte, y en concreto esta disciplina deportiva, se convirtió en un gran aliado para Andrea, cuya infancia y adolescencia no fue fácil. “Me costaba sentirme segura en todos los sitios y el gimnasio era un lugar con un porcentaje de seguridad alto para mí”, sostiene, y explica que “era una manera de sacar el malestar que llevaba dentro y eso me ayudó mucho”.

El hito del cinturón negro de Andrea Gil
Los trámites para que hoy Andrea Gil cuente con su cinturón negro con su nombre escrito empezaron a “finales de 2023”, sostiene, y explica que “comencé cambiando de nombre algunos títulos académicos y pensé que también me gustaría contar con los logros deportivos, así que me puse en contacto con el gimnasio”. Finalmente, y casi por casualidad, Damián López, miembro de la junta directiva de la Federación de Taekwondo de la Comunidad Valenciana, apareció en la vida de Andrea Gil, como un ángel de la guarda para ayudarle en esta tarea. “Tuve la necesidad de contarle lo que me pasaba y me ayudó con los trámites. En cuestión de 6 meses lo conseguí”, señala, y manifiesta que “ya tengo las titulaciones reconocidas con el Consejo Superior de Deportes y la hemos solicitado también a Corea, ya que el taekwondo es una disciplina coreana y también emiten desde allí estos reconocimientos”.
“Tenía ilusión de tenerlos para el momento que decida retomarlos”, explica, y manifiesta que “querían hacer un acto de reconocimiento pero no me sentía preparada, necesitaba mentalizarme”. Finalmente, aquel acto se llevó a cabo en Valencia, y Andrea Gil ya tiene su “faldón con mi nombre y mi apellido y mi cinturón negro”.

Su paso por el Ejército, la Guardia Civil y los Mossos
Andrea Gil salió de Almansa con apenas 20 años y a día de hoy, en sus 45, no ha regresado apenas a la localidad. “Siempre he estado detrás de las cosas”, sostiene y explica que “he recibido una educación autoritaria y siempre había un castigo detrás”. “No podía hablar ni expresarme y he vivido con una actitud de supervivencia en modo defensa constante”, asegura, y destaca que es algo que “acaba afectando no solo a nivel de salud mental, sino también física”.
La vida de Andrea Gil no ha sido fácil ni un camino de rosas. “Cuando sientes que el lugar donde se te tiene que proteger y validar sientes que no es, vives en modo supervivencia, así que cuando cumplí la mayoría de edad necesitaba salir de casa”, sostiene, y explica que “en mi casa tenían el concepto de que era una persona viajera, una trotamundos, pero de eso nada, lo que quería era huir”.
Y para ello necesitaba un trabajo. “¿A dónde iba tan joven?”, recuerda Andrea esta frase como si aún resonase en su cabeza. Así que se planteó una vía de escape rápida; el Ejército. “Hice la mili en la Cruz Roja en Almansa y me fui de voluntaria”, recuerda, por lo que “me planteé el terreno militar un poco por impulsividad, en la Cruz Roja necesitaban voluntarios y me fui, pero después vi que no era mi lugar”.
Tras pasar por varios trabajos Andrea Gil decidió volver al mundo de la seguridad, lo que la llevó a opositar en la Guardia Civil, consiguiendo una plaza que la llevó hasta Cataluña, donde reside en la actualidad. “Con el tema de la transexualidad no sabía donde meterme y aquellos años se me complicaron con problemas que ya existían y el fallecimiento de mi madre; había muchas cosas que gestionar”, recuerda, y explica que “tuve una salida bastante caótica del Cuerpo, no supe expresar el motivo de mi salida y cuando quise volver lo tomaron como una incongruencia”.
Finalmente, tras su salida y pasar por otros sectores laborales, decidió opositar para los Mossos d’Esquadra, y estando dentro del cuerpo decidió dar el paso para iniciar su transición, aunque no exenta de problemas. “Recuerdo comportamientos homófobos en los que me veía involucrada de manera directa o indirecta, y se sucedieron los problemas”, sostiene, y explica que la situación le afectaba directamente, por lo que decidió someterse a varias cirugías “de una manera muy seguida, y también es necesario tomarse un tiempo para sobrellevar el proceso psicológico, pero necesitaba que todo fuese lo más rápido posible”. “Me sometí a varias intervenciones como la feminización de cuerdas vocales, aumento de pecho, la intervención de reasignación de sexo y un año de terapia hormonal fue muy duro por la agresividad quirúrgica”, explica.
Andrea Gil también ha sufrido “un rechazo constante en el trabajo”, como explica la albaceteña, y su vida no ha sido un camino de rosas, ya que el dolor ha estado presente, acompañándola. Ahora, un trocito de aquella etapa como deportista que recuerda todavía con cariño y aquel lugar seguro de su infancia permanece junto a su cinturón negro que hoy lleva grabado su nombre.

