((Me dicen que espere pero yo no espero // Quiero comprender el suelo // cuando sé quién soy // de dónde vienen mis abuelos Mi tierra – Bewis de la Rosa))
Artículo 5.3 del Estatuto de Autonomía de Castilla-La Mancha: ‘La Región de Castilla-La Mancha tendrá escudo e himno propios. Una ley de Cortes de Castilla-La Mancha determinará el escudo y el himno de la Región’.
Cuarenta y tres años después, y a las puertas de cumplir la fecha de caducidad que luce en la tapa nuestra Carta Magna, la casa sin barrer y el gato sin cascabel. Y a cuatro días de que Albacete acoja un nuevo acto institucional con motivo del Día de Castilla-La Mancha, vengo a hacerme preguntas y a buscar respuestas de por qué hemos sido incapaces, si quiera, de plantearlo.
Desconozco qué pasó por la mente de los constituyentes en aquella primavera del 82 para atreverse a mandatar que Castilla-La Mancha se pusiera de acuerdo para tener un himno. Una región hecha de jirones, un Monstruo de Frankenstein territorial que no se entendía de dentro afuera y que aún pelea por hacerse entender de fuera hacia adentro.
Supongo que fue cosa de ínfula patriótica una vez amortizado el blanco y negro de los años precedentes. Con un Mundial a las puertas y un ‘Naranjito’ luciendo en casi todas las carrocerías de los Seat 600, de los 850, los 4 Latas, los Gordini o los Supermirafiori que atravesaban el recién estrenado mapa castellanomanchego rumbo al efeverscente Levante que empezaba a levantar rascacielos, querer un trocito de identidad propia era casi una premisa obligatoria para cualquier padre fundador de lo que fuera.
Y ahí quedó plasmada la ilusión del himno para no cumplirse nunca en un artículo que ni de lejos tendrá cabida en el nuevo Estatuto, que afronta ahora el último golpe de horno en su primera votación de este jueves, a 48 horas de celebrarnos como región.
No es difícil acertar con alguno de los motivos que ha hecho inviable la posibilidad de que los castellanomanchegos entonemos un himno que nos represente a todos. Que Albacete era Murcia y Guadalajara casi Madrid, que los límites de Castilla eran abismos con La Mancha, que en Almadén el acento es casi extremeño, que de los Campos de Calatrava a la Campana de Oropesa hay mucha más distancia que la de los escuetos 300 kilómetros que dice la carretera; que entre el Señorío de Molina y los Campos de Hellín no hay coincidencia ni siquiera por puro azar.
Aún así, son muchísimas las cosas que nos empiezan a unir. El orgullo identitario de una región cuarentona no se consolidará ni en las próximas tres generaciones, pero bien haríamos si empezáramos a pensar en qué mimbres pueden funcionar para hacer la cesta. Yo les busco los motivos para sacar pecho.
Dos ciudades Patrimonio de la Humanidad, con la comarca de Sigüenza a las puertas de conseguirlo. Dos parques nacionales, qué curioso, los únicos que no gestiona la propia Comunidad Autónoma. Fiestas de Interés Turístico Internacional, desde Turbas a Tamboradas. El Festival de Almagro, con medio siglo de luz propia, eterna e inapagable. Las Tablas, las Lagunas de Villafranca. Calidad agroalimentaria que se recita como la tabla del dos. Diez denominaciones de origen amparando nuestros vinos, queso manchego, miel de La Alcarria, Berenjena de Almagro, Nueces de Nerpio, Mazapán de Toledo, Ajo de Las Pedroñeras, Cebollas de La Mancha. AVE en todas las capitales, quién sabe si algún día en Talavera, Manzanares, Valdepeñas. Una región cosida por vías de alta capacidad, que ha empezado a recuperar población y con ella, autoestima. Líderes en creación de renovables; una universidad regional cada vez mejor posicionada en todos los rankings, Julián Garde mediante. Botargas alcarreñas, Corpus de Camuñas o Porzuna, gancheros del Alto Tajo… Hay motivos, créanme.
Que no solo somos la tierra del Quijote. Somos la de Izpisúa, la de Boticaria García, la de Cuerda y de Almodóvar, de Andrés Iniesta, de fogones Michelin en toda la región, desde Jesús Segura hasta Pepe Rodríguez.
Un pueblo modula identidad por orgullo, por historia o por necesidad. De momento aquí nos toca seguir construyendo la segunda de las premisas. Y si tiene que venir el himno, que venga. Que lo cante Rozalén, que lo grite Karmento, que lo componga Bewis, que lo arreglen los chicos de Veintiuno, que lo adorne Jero Romero, que Despistaos hagan los coros, que Amatria le meta sintetizadores.
Mientras no sea la política la que borde esa bandera que no terminamos de lucir, bien nos irá. Pero en esta semana de celebrar región, solo me queda reflexionar: Somos tierra de emigrantes que poco a poco nos despojamos de nuestra piel de lugar de paso. Ahora que las costuras de Madrid revientan es el momento de hacer patria y de hacer paisanaje.
Humberto del Horno

