ALBAMOCION

El rostro que no olvidarán nunca en este pequeño pueblo de la provincia de Albacete

TOyota

/Sagrario Ortega/

Stefan Adler llegó a España casi con el mismo aspecto del inquietante personaje que repetía en los dibujos que ilustraban su diario. Tan inquietante como las frases que escribía cuando miraba la media luna y le invadían pensamientos de todo tipo, “positivos y negativos”, como él mismo reconocía. Tan inquietante como el perro que le acompañaba.

Tenía 25 años cuando en febrero de 2006 llegó a nuestro país procedente de Alemania. Hizo el recorrido andando, pasó por Francia, entró a España por Cataluña, bajó por el Levante y se paró en Férez, en la provincia de Albacete, para cometer un crimen que a lo mejor ni había pensado perpetrar allí.

Pero fue en este pueblo manchego donde abrió el báculo que le servía de apoyo en su deambular por el mundo, sacó la navaja que llevaba encubierta (una especie de bastón-estoque) y se la clavó una veintena de veces a José, un agricultor jubilado de 67 años que cada día acudía a su finca, “El Cortijo del Tío Murciano”, a realizar labores agrícolas.

A la navaja se le partió la punta, que fue encontrada clavada en el cráneo de la víctima, como relatan a Efe los investigadores de la Jefatura de Policía Judicial de la Guardia Civil.

Pero no paró ahí. Con una sierra de arco, de esas que se suelen tener en las naves o almacenes para cortar troncos de leña, decapitó y descuartizó al agricultor.

Los periodistas siempre queremos saber el móvil de un crimen. ¿Tenía Stefan Adler alguno concreto para matar a José? No. Es la única respuesta.

“NO PUEDO LLEVARME BIEN CON LA GENTE”

“He mirado la media luna y he tenido toda clase de pensamientos, positivos y negativos. Extrañamente me siento de alguna manera solo, y esa sensación, aunque es incómoda, me dice que estoy vivo. Casi siempre estoy demasiado cansado para sentir ese vacío”, escribe Stefan Adler en una de las páginas de su diario.

Y prosigue: “A veces soy más sociable, pero no puedo llevarme bien con la gente. Hoy no tengo un buen día. Por la noche soñé muchas cosas extrañas, imágenes raras. A veces pienso en Pearl Jam, y en Nina, ni idea por qué. Sí, y en Jenny, ¡Sé por qué!”

Son extractos del diario que los agentes encontraron entre sus pertenencias cuando fue detenido y que muestran una personalidad extraña, la de una persona a la que comúnmente llamamos rara.

Dicen los investigadores que este alemán errante podría encajar entre esos asesinos que sufren un trastorno mental, esquizofrenia no tratada, delirios y alucinaciones y que tienen comportamientos extraños.

Quizá Stefan Adler encaje ahí, sí, pero lo cierto es que su problema y el de su víctima es que no estaba medicado para controlar su pulsiones, como explican los agentes del instituto armado a Efe.

Probablemente, a este vagabundo, que había pasado su infancia en un orfanato y que ya había pisado algún que otro psiquiátrico, le asaltaron los deseos de someter a alguien, no los controló y mató al agricultor.

MERODEANDO POR LOS PUEBLOS

Días antes del suceso, los vecinos habían visto a Stefan merodear por los pueblos de la Sierra del Segura. Nadie le conocía.

El 15 de febrero de 2006, y sin motivo aparente -quizá solo el de su estado psíquico-, el alemán se acercó a la finca donde estaba José y le asestó alrededor de veinte puñaladas, según relató después el Ministerio Fiscal en su escrito de conclusiones provisionales con motivo de la apertura del juicio.

Después, arrastró el cuerpo hasta una nave y lo descuartizó con un serrucho. Allí dejó la mayor parte del cuerpo, pero la cabeza y un brazo los metió en la furgoneta de la víctima, con la que se dirigió a otra finca llamada “El Cerezo”. Además, introdujo en un táper dos trozos de carne humana.

Un trabajador de esta finca vio la furgoneta de su vecino y se sorprendió de que en ella no estuviera José, sino una persona desconocida, con una mochila y “pinta rara”, como recuerdan las fuentes.

El hombre pidió al desconocido que abandonara la furgoneta y el lugar. Lejos de eso, el alemán le hirió en una mano y le persiguió con el vehículo, pero consiguió escabullirse y llamó a la Policía Local.

Y lo que vieron los agentes al llegar a la finca de José no se puede describir, con rastros de sangre por toda la nave y trozos del cuerpo de la víctima sobre una mesa.

Fue la Guardia Civil la que se hizo cargo de la investigación y de detener a Stefan, que en un primer momento no quiso declarar nada a los agentes, ni siquiera ofreció su verdadera nacionalidad.

Así, en la nota de prensa que el instituto armado emitió cuando fue arrestado, se describía al agresor como un individuo de “raza caucásica”, rubio y de tez blanca.

Stefan daba muestras constantes de agresividad y, de hecho, también intentó agredir al intérprete de inglés cuyos servicios requirió la Guardia Civil. Estaba esposado y, por eso, utilizó su cabeza para golpear en la mandíbula al traductor.

Y a los agentes les presentó una primera identidad: A.M., nacido en Plymouth (Gran Bretaña) el 7 de julio de 1981.

Al día siguiente, se descubrió que su verdadera identidad era la que figuraba en el permiso de conducir que llevaba en la mochila: Stefan Adler, nacido el 27 de enero de 1981 en la ciudad alemana de Donauwörth. Al menos en su documento falso mantuvo el año de nacimiento.

UN DIARIO ESCLARECEDOR

Stefan guardaba en su mochila un diario, casi esclarecedor de su personalidad. Los investigadores descubrieron en él a un buen dibujante, pero también la descripción del recorrido que le llevó desde su país hasta Férez pasando por los Alpes austriacos, Francia, Cataluña y la Comunidad Valenciana.

La crueldad de su acto, sin móvil aparente, alertó a los agentes de la Guardia Civil, que quisieron comprobar si el alemán había actuado de forma similar durante su periplo. Interpol no encontró nada, como tampoco se pudo relacionar a Stefan con un homicidio que había ocurrido en Jumilla, en la vecina Murcia.

No hizo falta mucha investigación. La autoría estaba clara, casi como si le hubieran pillado “in fraganti”. Y siguió con su actitud agresiva incluso en el calabozo de la Comandancia de la Guardia Civil. A un agente le pegó un puñetazo en la cara y le rompió las gafas.

Mucho después llegó el juicio. “Los recuerdos que tengo son como de una película borrosa. No recuerdo el día que maté al agricultor ni el día después porque estaba borracho”, declaró Stefan ante el tribunal después de haber perdido perdón a la familia de José por unos hechos que, como él mismo reconoció, no tenían disculpa.

¿Fue consciente de sus actos? Según él, fue en la cárcel donde se enteró de lo que había hecho.

Stefan, como confirma la sentencia, sufría un trastorno esquizoide de personalidad, pero eso no le impedía tener conciencia de sus acciones ni alteraba su voluntad, según el tribunal, que no observó atenuante alguno y le condenó a 24 años de cárcel.

“En cualquier momento, cualquiera puede matar”. El caso del alemán errante lo certifica.

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