/Marta López/
El obispo de Albacete, Ángel Fernández Collado, junto al arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza han sido los encargados de presentar a la Conferencia Espiscopal la creación de una Congregación para el Rito Hispano-Mozárabe. Esta liturgia se caracteriza por su sencillez, la abundancia de lecturas, y la celebración transcurre de espaldas a los fieles, a diferencia del instaurado rito romano que prevalece en nuestros días.
La Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española decidió aprobar el pasado mes de abril un texto enviado al Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos para su debido consentimiento. El obispo de Albacete, miembro de la Comisión de Estudio del Rito Hispano-Mozárabe, ha sido el encargado de elaborar los estatutos del mismo a instancias de la Congregación para el Culto Divino.
Actualmente, la liturgia católica instaurada y practicada en España basa sus celebraciones en el Rito Romano, y solo un pequeño reducto de templos en todo el país, practica el Rito Hispano-Mozárabe, siendo especial su presencia en Toledo y Salamanca. De este modo, la Catedral toledana acoge semanalmente una celebración por esta ancestral liturgia, y algunas iglesias de la ciudad también realizan este tipo de celebraciones con motivo de celebraciones especiales, como la festividad de algunos mártires antiguos.
Historia
La liturgia hispano-mozárabe es el rito de la Iglesia católica que se consolidó en torno al siglo VI en la península Ibérica, en el Reino visigodo de Toledo, y que fue practicado en los territorios hispánicos hasta el siglo XI, tanto en áreas balo dominio cristiano como musulmán.
Es a mediados de este siglo cuando comienza la progresiva suplantación de este rito por el romano, normalizándose gracias a los dictados del Concilio de Coyanza, en el que se permite a catedrales y abadías a adoptar el canon romano. Durante la conquista de Toledo en 1805 vuelve a plantearse la pervivencia del rito hispánico, ante la negativa a abandonarlo por parte de la población mozárabe de la ciudad.
El rito hispano-mozárabe se mantuvo solo en las comunidades cristianas bajo dominio musulmán, aunque en progresiva decadencia. Fue el Cardenal Cisneros el encargado de conservar esta antigua liturgia, realizando una importante labor de recopilación que culminó con la impresión de un nuevo misal.
La Santa Sede, desde finales del siglo XI, ha reconocido la existencia del Rito y la dependencia del Arzobispo de Toledo, considerado como Superior Responsable del Rito, cargo que ostenta en la actualidad Braulio Rodríguez Plaza. De este modo, los feligreses de las parroquias Mozárabes están vinculados a Toledo.
Entre los años 1988 y 1994 la Santa Sede aprobó el Misal Hispano-Mozárabe, después de que el arzobispo de Toledo y la propia Conferencia Episcopal dieran luz verde al documento y fuera presentado ante la Congregación para el Culto Divino.
Con el fin de coordinar, aclarar y establecer criterios para velar por la pervivencia de este ancestral rito y su adecuada celebración, la Congregación para el Culto Divino ha estimado oportuna la elaboración de los Estatutos de la Congregación para el Rito Hispano-Mozárabe.
Peculiaridades del Rito Hispano-Mozárabe
La sencillez es una de las particularidades de este tipo de liturgia, y es que en comparación con el rito romano, el celebrado mayoritariamente en todas las iglesias españolas, el hispano-mozárabe se caracteriza por su sobriedad.
La liturgia de la palabra en las celebraciones hispano-mozárabes es extensa, tanto por el número de lecturas, como por la extensión de las mismas. Este rito mantuvo tres lecturas en todas sus celebraciones, frente a las dos que se realizan en el rito romano. Además de ampliar a una más durante el tiempo de Cuaresma, destaca la originalidad de las misas de los mártires, en las que se intercala el salmo con la lectura de la pasión del mártir que se está celebrando.
Otra de las numerosas particularidades del rito hispano-mozárabe la encontramos durante la comunión, que se distribuye bajo las dos especies (pan y vino). El sacerdote es el encargado de distribuir el pan consagrado a los fieles, diciendo a cada uno: “El cuerpo de Cristo sea tu salvación”. Tras este momento, el diácono le entrega el cáliz bajo las palabras “La sangre de Cristo permanezca contigo como verdadera redención”, y el fiel sin decir nada participa en este momento de la celebración.




