OPINIÓN | Sentido común en las tinieblas, por José Ramón Remiro Brotons

He de reconocer que estando a orillas del Mare Nostrum se hace difícil concentrarse en otra cosa que no sea el ruido de las olas celebrando su encuentro con la arena. Con la madurez, tener el privilegio de disfrutar, al menos por un tiempo –siempre breve- de un entorno de paz y sosiego al borde de este mar milenario que acumula siglos de historia, de mitos y leyendas, no es algo a lo que se esté dispuesto a renunciar sin más, ni siquiera por vía de paréntesis, para volver, aunque solo sea desde la reflexión, a la cruda realidad de la vida social, política o económica y de los problemas, presentes y futuros, que condicionan y condicionarán el devenir patrio en los próximos meses y quién sabe si años.

Bandera amarilla de precaución, tras los resultados de las pasadas elecciones municipales y autonómicas de diversas autonomías, que han propiciado cambios importantes en la estructura de poder municipal y regional en detrimento de un PP en horas bajas, víctima de una corrupción escandalosa y de una política  de ajustes y de restricciones mal explicada y peor entendida por una ciudadanía exhausta. En un otoño que se adivina caliente le siguen ahora  los comicios catalanes, el 27-S, que los independentistas pretenden plebiscitarios y el resto de formaciones, aunque con la boca pequeña,  simplemente autonómicos. Sabedores de que según  que el resultado sea uno u otro, proclamaran su victoria sobre los sediciosos o minimizarán la derrota en el contexto  de una cita electoral más, para elegir gobierno. Pero nada será igual.

Posteriormente y probablemente ya con la bandera roja de peligro en lo alto del mástil, tendremos unas Generales, en fecha por determinar, antes de que termine el año, en las que se decidirá, mayoritariamente o en coalición, quiénes deberán gobernar el rumbo de esta nave que es España y en la que el ciclo que toca vivir augura reformas, incluso constitucionales, para las que será preciso encomendarse al buen sentido de los españoles en general y al seny de los catalanes en particular, a fin de que las procelosas aguas de ese mar incierto de intereses y veleidades no acabe por hacer zozobrar el barco que nos ha guiado a todos juntos durante los últimos cinco siglos, no sin constantes sobresaltos por su mal gobierno o, incluso, su desgobierno.

Al margen de viejos enfrentamientos, de la ruptura provocada por una guerra fraticida cuyas secuelas lamentablemente perduran en muchos, de errores de bulto y de desigualdades en la España de la Autonomías que nos dimos en 1978, que será preciso corregir de inmediato, sueño con  que, en este delicado momento de nuestra historia,  el “motín nacionalista catalán”, inducido y dirigido por la oficialidad de a bordo, capitaneada por los controvertidos personajes de Más y Junqueras, y con el apoyo de buena parte de una tropa  atraída por el botín que les han prometido que existe en las bodegas,  quedará sofocado con una mayoría electoral catalana leal, generosa, solidaria y con sentido común, dispuesta a darse y a dar a los demás una oportunidad dentro de una España unida y plural, para no acabar convertida en un cadáver desmembrado para regocijo de buitres y de advenedizos, oportunistas y aprovechados.

De otra parte, ni que decir tiene que mi sueño alcanza a confiar, pues no me queda otra, en que también el sentido común y la responsabilidad lleven de una vez por todas a los dirigentes de este país a tomar buena nota, si es que no lo han hecho ya –que parece que no en la medida que debieran- del hartazgo ciudadano, de su descreimiento hacia la clase política y  no ya de sus reivindicaciones sino de sus justas exigencias: No más corrupción, no más privilegios ni prebendas, no  más engaños ni miserias partidistas y “no más mierda”. Más Justicia, más igualdad, sin “singularidades” que la ofendan, trabajo y vivienda dignos, mejor educación en un ámbito de libertad y de verdad verdadera, sanidad universal y sistema de pensiones garantizado, asistencia social, solidaridad y dependencia. Que el monstruo del estado central y autonómico no acabe por devorarnos y que se acomentan de una vez las reformas necesarias para hacerlo viable y sostenible, evitando que la deuda acabe por cortocircuitar todo el sistema. Aprendamos de lo ocurrido con Grecia.

SENTIDO COMÚN al que de nuevo apelamos como remedio a nuestros males. Cierto que ni siquiera se está de acuerdo con lo que significa ni representa ese “sexto sentido”. Dicen, muchos, que el sentido común es el menos común de los sentidos, pero no porque se carezca de él como concepto, sino porque su contenido dependerá de cómo se entienda. Y es que ciertamente el sentido común para buena parte de nosotros poco o nada tiene que ver con la percepción que del mismo pueden tener otros. Ni que decir tiene que ese sentido común será diferente según la escala de valores de cada cual, la educación que haya recibido,  su cultura, país y tradición,  sus creencias, sus principios y hasta su conciencia.

Pero, al menos en clave occidental, el sentido común debe quedar ligado a la prudencia, a la lógica de las cosas….. y a la experiencia. Y es desde esta perspectiva desde la que me cabe desear que en la percepción de los problemas y en la búsqueda de las soluciones, la ciudadanía y la clase poliítica, en este momento histórico preciso en el que hay tanto por decidir y con  tan importantes consecuencias para el futuro de nuestra patria, queden impregnadas de sentido común y, consiguientemente sepan obrar con prudencia en sus decisiones, apelen a la lógica en las soluciones, distinguiendo entre lo posible y lo que no lo es, y tengan muy presente la historia para saber que nunca de los desencuentros se sacó beneficio sino para unos pocos, y que predicadores hubo muchos que prometieron el cielo y quedaron en nada porque detrás de su discurso solo existía el páramo de la ignorancia y su anhelo de un poder, mentiroso y sin vergüenza.

NO es un ejercicio de voluntarismo apelar al sentido común.  Es un grito en medio de un país en crisis que parece dividido, desorientado… y amenazado por tinieblas de egoísmo y sinrazón. Es el faro del fin del mundo al que seguir, para evitar colisionar con  una costa abrupta que nos llevaría indefectiblemente al naufragio.

Salud y suerte en la travesía.

JOSE RAMON REMIRO BROTONS

AGOSTO DE 2015 

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