OPINIÓN | Más democracia e igualdad en torno a la economía colaborativa, por Gerardo Gutiérrez

La economía colaborativa, se desarrolló con fuerza hace 20 años en Estados Unidos, donde algunas plataformas han adquirido un potencial económico impresionante. Uber, una plataforma que ofrece un servicio de transporte de viajeros que compiten con los taxis y ha sido prohibido en España, ha alcanzado una valoración de 40.000 millones de dólares.

El término fue acuñado por primera vez por Ray Algar en 2007. El concepto de consumo colaborativo comenzó a popularizarse en 2010 En España el fenómeno empezó a darse a conocer entre 2012 y 2013, especialmente en el sector turístico.

La idea de que es mejor compartir que poseer, gana adeptos y se ha visto multiplicado exponencialmente por los intercambios directos entre ciudadanos de bienes, espacios y servicios a través de Internet. Es indudable que la desigualdad de las sociedades occidentales, ha contribuido al desarrollo de la economía colaborativa, como medio también de defensa y supervivencia.

Las características de este mercado, son la existencia de muchos productores y consumidores, en medio de un mercado transparente, sin que existan barreras de entrada o salida del mercado, con bajos costes de transporte y sin costes de transacción para los productores y consumidores.

Hay cuatro grandes áreas en los que se desenvuelve con fluidez la economía colaborativa.

En el ámbito del conocimiento, promoviendo la difusión abierta del saber y en el que el mejor ejemplo es Wikipedia.

Una segunda área es la Producción Colaborativa, que incluye estructuras profesionales en las que se establecen contactos directos entre usuarios para la gestión y elaboración compartida de proyectos, servicios u objetos de todo tipo. Las personas trabajadoras autónomas, ofrecen su talento y servicios en las plataformas de producción, para ser contratadas por las organizaciones.

Una tercera área es el de las Finanzas Colaborativas, que describe una categoría específica de transacciones financieras que se ofrecen directamente entre individuos, sin la intervención de una institución financiera tradicional. Como ejemplo, el crédito multitudinario (crowdfunding).

Y la más conocida, que es el ámbito del Consumo Colaborativo, el acceso a bienes y servicios sin detentar la propiedad de los mismos, a través de plataformas digitales, como “blablacar”, para compartir viajes, en el que la idea no es ganar dinero, sino reducir los costes del trayecto.

La economía del compartir conduce a una nueva organización económica con una diversificación de las fuentes de renta de los ciudadanos, y también, a una nueva concepción del empleo.

Para que sea viable, en palabras de Andreu Missé, “deben asegurarse los ingresos fiscales necesarios para mantener el actual Estado del bienestar. El avance de la economía colaborativa deriva en buena parte del potencial de las nuevas tecnologías, que por sí solas no implican un progreso o un retroceso social. La posibilidad de compartir conocimientos, medios y la facilidad de las comunicaciones son una oportunidad de excepción para construir una sociedad más igualitaria, más democrática, justa y sostenible. El cambio tiene sentido si supone un avance de estos valores”.

París, acoge cada año un festival, en donde se dan cita las experiencias en marcha. Es mucho el capital económico y humano que se está invirtiendo en esta nueva forma de ver y hacer la economía. También, es mucho el potencial en la creación de empleo.

Es un reto, y los gobiernos progresistas tienen la obligación de hacer bandera de esta nueva forma de desarrollar la economía, aprovechando e interviniendo legislativamente, para que sin constreñir  este sistema, asegure su acceso al máximo número de personas, para ganar en democracia e igualdad.

Castilla la Mancha tiene también una oportunidad en este tema y ¿por qué no en Albacete, propiciar un encuentro en el que se den cita las experiencias más atractivas en marcha?

Gerardo Gutiérrez Ardoy

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